En este día de Pasión, Viernes de Dolores, a punto de entrar en los día sublimes de la Cristiandad, podemos convenir que la Palabra de Dios nos anima a invocar el Nombre del Señor en toda ocasión, especialmente, en todo peligro y tribulación.
La oración de la Iglesia, alimentada por la Palabra de Dios y por la Liturgia, nos enseña a orar al Señor.
La Sagrada Escritura pone en nuestros labios y graba en nuestros corazones las invocaciones de esta oración, que es la invocación, a Cristo: hijo de Dios, Verbo de Dios, Señor, Salvador, Cordero de Dios, Rey, Hijo Amado, Hijo de la Virgen, Buen Pastor, Vida Nuestra, nuestra Luz, nuestra Esperanza, Resurrección nuestra, Amigo de los hombres…
Pero el Nombre que todo lo contiene es aquel que el Hijo de Dios recibe en su Encarnación: JESÚS. El nombre divino es inefable para los labios humanos, dice el Catecismo, pero… el Verbo, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: “¡JESÚS!”.
El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre, y todo el Plan de Salvación.
La invocación del Santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa, sino que fructifica con perseverancia. Esa invocación constante da fruto. Hay que perseverar.
Es posible en todo tiempo, porque es una ocupación al lado de otra, sino la única ocupación, la de amar a Dios.
En esta Cuaresma, hagamos propósito de invocar el Santo Nombre en toda ocasión, sabiendo que esa invocación nos trae lo que es Jesús y lo que hizo Jesús: divinización y redención.
