MEDITACIÓN SÁBADO I CUARESMA (Dt 26, 16-19; Mt 5, 43-48)

by AdminObra

Gusta que nos manden cumplir las cosas con todo el corazón, con toda el alma. Debería gustarnos. No es sólo poner atención en lo que se hace, sino el corazón, esto es, toda mi persona. Dios, nuestro Señor, quiere que cumplamos sus decretos así, con toda mi vida. “¡Pon el alma en lo que haces!”.

La primera lectura del Libro del Deuteronomio, último del Pentateuco, o quinto Libro del Antiguo Testamento, que supone una relectura de la Ley de Dios, de ahí su nombre, “Segunda Normativación”, expresa esta obediencia a la Ley, que para cualquier fiel ha de suponer un enamoramiento, al movernos en términos nupciales. Hablamos, cómo no, de la Alianza. DIOS NOS HA ELEGIDO. Ha elegido un pueblo al que dirigirse de una manera pormenorizada para mostrarle sus caminos y enseñarle la aplicación práctica de sus normas. Pero también se nos dice que el Pueblo de Dios ha decidido que Dios sea su único Señor.

Nos hemos elegido mutuamente. También los cristianos en esta Cuaresma hemos de señalar con el dedo decididamente hacia la Cruz reconociéndola como nuestra única señal. Y no hay más señal en la que seamos salvos.

Si somos fieles al pacto, cada parte, y Dios nunca falla, el Señor de todo lo creado nos alzará a las cotas de la santidad, a las cuales no se puede llegar si El no nos eleva con su Amor en salario por nuestra lucha por ser fieles a la Alianza santa. Dios usa conceptos de enamoramiento y enlace matrimonial. El quiere intimar hasta ese punto en nuestras almas; y nos ofrece intimar en su eternidad ya desde ahora.

Intimar con Dios… no es fácil. Hay actos que nos llevan a su intimidad. A su Corazón. El Evangelio, una vez más, nos pide afinar. Exige. Jesucristo nos pide que convirtamos el odio que nos profesan en instrumento de amor, tal como hizo El. Pero, ¿cómo se hace Señor? No nos manda una carga a mayores, aunque “carga”. Nos pide “mover” nuestro corazón, girarlo sobre sí mismo, para ver las cosas desde su Corazón bendito. Así se puede amar al que odia. Si viramos el corazón. Afinar. Acertar. Así se podría llegar a la intimidad que El nos reserva.

Tantas veces que decimos que no es Dios el que ha de cambiar. Soy yo el que tiene que cambiar, o, mejor dicho, el que tiene que ser cambiado. Y sólo nos puede cambiar el Señor, porque sólo El puede triturar nuestro corazón de piedra.

En esta Cuaresma digámosle que nos gire el corazón para ver las cosas tal como las contempla El. La herrumbre que encontrará no lo impedirá, pero sí hará que nos duela ese necesario viraje.