Desde el 20 de mayo hasta el 25 de julio del año 325, se desarrolló en la antigua capital de Nicea el primer gran sínodo imperial de la historia de la Iglesia.
Nicea se encuentra a orillas del lago Ascanius, en la región de Bitinia, actualmente Icnik (Turquía).
Este sínodo había sido convocado por el emperador Constantino para poner remedio, por medio de este sínodo ecuménico, a los enfrentamientos, en ocasiones violentos, que se dieron por cuestiones centradas en la naturaleza de Jesucristo. Aunque las raíces eran más antiguas, todo estalló, en torno al 318, por medio de las impresiones de un libio llamado Arrio, sacerdote de Baucalis, en Alejandría (Egipto), que, en sus homilías, cartas, cantos litúrgicos y, especialmente, en su escrito titulado “Thaleia” (“Banquete”) mostró una cristología de tipo “subordinacionista” (herejía que afirmaba que el Hijo y el Espíritu son, efectivamente, distintos del Padre, pero alguna manera son inferiores y están subordinados a Éste; por lo tanto la divinidad de ambas Personas Divinas queda en entredicho).
Arrio había sido discípulo de Luciano de Antioquía (+312), mártir, que interpretó la Sagrada Escritura, conforme al estilo de su Escuela, la “antioquena”, de manera sobria y racionalista, el cual mantuvo una tendencia marcadamente subordinacionista.
La Escuela de Antioquía estaba en oposición a la Escuela de Alejandría.
La primera, como ya apuntamos, se caracterizó por no dejarse influenciar por la filosofía platónica y neoplatónica, por una interpretación de la Sagrada Escritura más literalista, histórica, filológica, y mayor realismo y racionalismo explicativo e interpretativo; de esta Escuela surgirían los errores doctrinales del arrianismo y del nestorianismo.
La segunda se caracterizó por la inspiración de la filosofía griega, el recurso de la alegoría a la hora de interpretar la Sagrada Escritura, y una marcada tendencia al misticismo; de ella surgiría el futuro error del monofisismo.
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