MIÉRCOLES V PASCUA (en busca del Fuego)

by AdminObra

La “permanencia” recíproca y mutua. Ser considerados “cristos”, por el Bautismo, y por la acción admirable que provoca la recepción eucarística. Ser… ¡Cristo! El Espíritu Santo nos lo quiere traer desde el Cielo, en donde mora ya eternamente y para siempre, y nos lo trae eucarísticamente, como alimento de las almas hasta el final de los tiempos.

El Espíritu Santo nos traerá al Cristo glorioso y celestial, y al Cristo eucarístico, el mismo Cristo. Al primero se le recibe espiritualmente, y sacramentalmente, gracias al Bautismo (también gracias al resto de los Sacramentos); al segundo se le recibe sacramentalmente, incluyendo, evidentemente, la dimensión espiritual, que impide la “cosificación” de la Eucaristía.

Hasta ahora Jesús se nos ha presentado como “camino”, “verdad”, “vida”, “pastor”, “puerta”, “pan de vida”, “agua viva”… y hoy se nos presenta como “verdadera vid”. La imagen es más que ilustradora. Israel había sido la viña que no fue obediente; Jesucristo es la viña que está siendo obediente.

El Señor vincula nuestra permanencia y pertenencia a Él por medio de la Palabra, de la Enseñanza. Presenta la autoridad que tiene el Padre para purificarnos. Nos recuerda que puede arrancar todo lo que vea de innecesario en nuestra vida. Eso duele. Incluso, podría “arrancarnos” a nosotros mismos si no somos dignos. Si no somos obedientes.

El Señor nos anima a establecer ese vínculo comunional con Él para dar fruto, que son los frutos de Jesús que vienen a nosotros. No lo olvidemos. Seremos juzgados por los frutos que hayamos consentido al Espíritu Santo acoger en nuestra vida.

Unidos a Jesús, y con Jesús, los frutos serán visibles.

Seguimos disponiéndonos para acoger al Espíritu Santo, y que Éste determine nuestra permanencia y pertenencia a Jesucristo para dar Gloria a Dios por nuestras obras. El Espíritu Santo, trayéndonos a Jesucristo, nos capacitará para un ejercicio de la virtud que ahora nos resulta imposible de calibrar.