Cuando comenzó su pontificado en 1878, hacía ya treinta años que Marx había publicado el “Manifiesto comunista”. Pasarían otros trece años hasta que el Papa se decidiera a intervenir en la cuestión social con la encíclica “Rerum novarum”.
Al comienzo de su pontificado se encontró ante un proceso histórico, presente ya desde hacía tiempo, pero que alcanzaba entonces su punto álgido. Factor determinante de tal proceso lo constituyó un conjunto de cambios radicales ocurridos en el campo político, económico y social e incluso científico y técnico, aparte del múltiple influjo de las ideologías dominantes.
Resultado de todos estos cambios había sido una nueva concepción del Estado y de autoridad. Una sociedad tradicional se iba extinguiendo, mientras comenzaba a formarse otra cargada de ideas nacidas en el seno liberal, llena de esperanza, pero con tentaciones de injusticia y esclavitud.
En el mundo económico se había progresado a nuevas estructuras en la producción de bienes de consumo. Había aparecido una nueva forma de propiedad (el capital), y una nueva forma de trabajo, (el asalariado), caracterizado por gravosos ritmos de producción, determinado únicamente por la eficiencia con vistas al incremento de los beneficios.
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