TREINTA Y UN DÍAS DE MAYO – 1

by AdminObra

“Hija de Sión”

Contemplar a María, en el mes de mayo, es meditar sobre el plan salvador de Dios. Desde toda la eternidad, Dios estableció un designio benevolente, un proyecto salvador. El ha querido darse a conocer a nosotros y hacernos partícipes de su vida. Dios y el hombre no son realidades mutuamente aisladas, paralelas, incomunicadas. Dios ha pensado en cada hombres y cada hombre alcanza su destino, su realización, su meta y su fin en la comunión con Dios.

Libremente, movido sólo por su bondad y sabiduría, Dios quiso hacernos capaces de responderle, de conocerle; en definitiva, de amarle. Gradualmente, como un buen pedagogo, nos ha ido llevado de la mano para que podamos acoger su Revelación. En las cosas creadas ha dejado impresa una huella de sí mismo y, en diversas etapas, ha ido dispensando su Salvación.

Todo el Antiguo Testamento muestra el celo de Dios por los hombres. Establece una Alianza con Noé; con la pluralidad de las naciones, con todos los hombres. Elige a Abraham para congregar en un pueblo a los hombres dispersos. Forma a Israel y, por medio de Moisés, le dio su Ley. A través de los profetas, Dios asombró en la humanidad la esperanza de una Alianza Nueva y Eterna. Una esperanza que será mantenida, ante todo, por los pobres y los humildes del Señor; por aquellos que sólo esperan de El la Salvación.

La figura más pura de esta esperanza es María. Ella personifica a la humanidad que espera, al Israel que cree, a los profetas que vislumbran una salvación radical. De María, Hija de Sión, nos vino Jesús, el Deseado de todos los pueblos, Hijo de David e Hijo de Abraham. La alegría de María lleva a su plenitud la alegría de Jerusalén y la alegría del mundo. En su seno purísimo, Dios ha venido a reinar para darnos la felicidad auténtica.