San Antonio, Abad. Primer gran eremita (el que se abandona en soledad a Dios).
Si no fue el primer monje, sí fue, en palabras de algunos, el más ilustre de los primeros anacoretas.
Los datos que tenemos de su vida son los que recoge San Atanasio en su Vita Antonii, lleno de elementos hagiográficos, pues no deja de ser un escrito de propaganda monástica y obra para la edificación de los monjes.
Con todo, la reputación de San Antonio no depende de esta biografía, sino que es previa, por lo que la obra de San Atanasio es efecto de la figura y de la irradiación del santo “Era un hombre de una sola pieza”, dijo San Atanasio de él, tal como recoge Ludwig Hertling en su “Historia de la Iglesia”.
Se consideran plenamente históricos, al margen de algunos detalles si cabe, sus pugnas con los demonios, o con el Demonio. Pugnas típicas de la vida en soledad, a imagen de la soledad del Señor en el Desierto.
Se fija su nacimiento en torno al 251, y su fallecimiento en el año 356. Más de un siglo de vida.
Nació en Quemán, en la llanura del Egipto medio, en la ribera del Nilo, de familia egipcia cristiana de campesinos pudientes.
Huérfano de padre y madre y con una hermana, a los 20 años, estando en la iglesia oyó las palabras que constituirán para él la inaplazable llamada divina: “Si quieres ser perfecto, ven, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y tendrá un tesoro en el cielo; luego, ¡ven y sígueme!” (Mt 19, 21).
Su conversión es inmediata. Luego de asegurar el porvenir de su hermana, a la que ingres en un ‘parthenión’ o casa de vírgenes, donde se educaba cristianamente a las jóvenes solteras, sigue adelante sin obstáculo externo alguno.
San Antonio se dará por entero a lo que San Atanasio llama “el aprendizaje de la ascesis” con el programa tripartito del trabajo manual, la oración continua, la lectura de la Biblia.
Se ejercita con monjes experimentados en el último tercio del siglo III.
Las virtudes que le definen son la amabilidad, la asiduidad en la oración, la paciencia, la caridad, las vigilias, la constancia, los ayunos, el dormir en tierra. En esa época aún permanecía cerca de su pueblo, viviendo en un sepulcro vacío.
En el 290 empieza un nuevo período, cuando se adentra en el desierto con el propósito de entablar lucha con el demonio y encuentra un habitáculo para su propósito en un castillo abandonado en Pispir. Una fuente le provee de agua, y una provisión de pan le basta para seis meses. Durante quince años vivirá en absoluta soledad esta vida durísima, etapa que significará su completa victoria sobre el Enemigo.
Inicia, entonces, otra época, la más fecunda. Un número de discípulos derriban su puerta y se aprestan a aprender de él. Antonio asiente y estará con ellos hasta el 312. Pero, ahora acudirán las multitudes hacia él, para conseguir un milagro tras otro. Ante esto, se esconde. Huirá en una caravana de beduinos hasta el desierto cercano al Mar Rojo. Allí permanecerá hasta su muerte.
Tan solo en dos ocasiones abandonará su eremitorio. La primera, para consolar a los hermanos que había dejado cerca del lugar del castillo abandonado en el que había vivido; la segunda, para luchar contra los arrianos en Alejandría, llamado por su amigo, el patriarca San Atanasio.
Morirá rodeado de sus nuevos compañeros que habían edificado en el pequeño oasis sus celdas junto a la de San Antonio.
Pronto fue considerado como padre de los monjes.
El primer cristiano que gozó de culto a su muerte sin ser mártir.
La dura ascesis que practicó nos edifica por su moderación.
La confianza en Dios y la pureza de corazón son para él más importantes que la austeridad.
Su lucha victoriosa contra los demonios lo ha constituido en un padre espiritual único.
Es el padre espiritual de los ermitaños de todos los tiempos.
