León XIII condenaría en sus discursos la guerra por los gravísimos daños que provocaba. En una alocución de 1889, dirigida a los cardenales, desarrolló precisamente esta condenación insistiendo en los peligros de la carrera de armamentos y sobre las tareas pacificadores que promovía la Iglesia.
Cinco años más tarde, en la Encíclica “Praeclare gratulationis” (1894), el Papa reafirmó que la paz es un deseo profundo de la humanidad, que debe ser defendida de los otros y con una intensa obra de amor hacia todos.
El Papa afirmaba en esa ocasión que la Iglesia es promotora de la paz por su misma naturaleza, a imitación de su fundador, el Príncipe de la Paz.
Un reconocimiento autorizado de la obra desarrollada por la Santa Sede en favor de la paz, lo recibió León XIII en 1896, con motivo del VII Congreso para la Paz, que tuvo lugar en Budapest, de parte del presidente del mismo, Stephan Turr (1825-1908).
En 1899 tuvo lugar en La Haya una conferencia internacional, inaugurada el 18 de mayo. El Papa, en la alocución del 11 de abril, dirigida a los cardenales, alabó la iniciativa con palabras que provocaron reacciones positivas en la opinión pública y en algunos monarcas, que felicitaron al Papa.
En el mensaje del Cardenal Rampolla, dirigido en nombre del Papa, con motivo de la clausura de dicha Conferencias, se reafirmó en las ideas de la Santa Sede y su misión pacificadora.
Con todo, el veto de Italia, y la oposición de Alemania, impidieron que la Santa Sede pudiese enviar un representante vaticano a dicha conferencia.
