La encíclica “Diuturnum illud” (1881) fue publicada después del asesinato del emperador de Rusia por parte de los “nihilistas”, que revelaron con este asesinato los nuevos peligros que comenzaban a amenazar a la sociedad.
Según León XIII, la falta de autoridad derivaba del desprecio de Dios como origen de la autoridad misma; condenaba la esencia del sistema liberal, afirmando que el voto popular designaba al mandatario la autoridad, pero no creaba derechos y se pronunciaba no contra la democracia, sino contra la carga anticlerical de la misma que pretendía descristianizarla.
La encíclica “Immortale Dei” (1885) desarrolló el magisterio pontificio sobre la naturaleza del Estado insistiendo en la afirmación de que el derecho de mandar no estaba necesariamente vinculado a alguna forma de política.
Estas ideas las repitió el Papa en otras intervenciones solemnes, como en la encíclica “Humanum genus” (1884), que condenó la masonería y denunció las aberraciones del Estado laico, y también en sus encíclicas sociales.
A medida que la Santa Sede fue recuperando el prestigio perdido, el Papa pudo intervenir en acciones concretas y mediar como pacificador entre Estados enfrentados por cuetsiones territoriales para evitar conflictos armados.
