- San METRANO, mártir. Alejandría de Egipto. En tiempo de Decio, por negarse a proferir palabras impías fue atormentado cruelmente por los paganos, y después, fuera de la ciudad, lapidado hasta morir. (249).
- Santos CIRO y JUAN, mártires. Alejandría de Egipto. Después de muchos tormentos fueron decapitados. (s. IV).
- San GEMINIANO, obispo. Módena. Condujo a su Diócesis del error arriano a la fe. (s. IV).
- San ABRAHÁN, obispo y mártir. Persia. En tiempo de Sapor, Rey Persa, fue decapitado por negarse a adorar al sol. (345).
- San JULIO, presbítero. Novara. (s. IV).
- Santa MARCELA, viuda. Roma. Abandonando sus riquezas y dignidades, se ennobleció con la pobreza y la humildad. (410).
- San MAEDÓC, obispo. Ferns, Irlanda. Fundador del monasterio del mismo lugar. Se distinguió por la austeridad. (626).
- San WALDO, obispo. Coutances, Neustria. Al frente de la diócesis de Évreux. (s. VII).
- San EUSEBIO, monje y peregrino. Viktorsberg, Baviera. Nació en Irlanda. Se hizo peregrino por Cristo. Fue monje en la abadía de San Gallo. Murió como eremita. (884).
- Beata LUISA ALBERTONI, viuda. Roma. Educó a sus hijos cristianamente. Al enviudar se hizo terciaria franciscana. Ayudó a los pobres y quedó arruinada. (1533).
- San FRANCISCO JAVIER MARÍA BIANCHI, presbítero. Nápoles. Clérigo Regular de San Pablo. Dotado de carismas místicos, convirtió a muchos al Evangelio. (1815).
- Santos AGUSTÍN PAK CHONG-WON, catequista, y CINCO COMPAÑEROS; mártires. Corea. Por mantener fielmente la profesión de su fe, fueron decapitados después de haber sido atormentados. (1840).
- San JUAN BOSCO, presbítero y fundador. Turín. Después de una niñez dura, fue ordenado sacerdote. Se dedicó esforzadamente a la formación de los adolescentes. Fundó la Sociedad Salesiana. Con la ayuda de Santa María Domènica Mazzarello, fundó el Instituto de Hijas de María Auxiliadora para enseñar oficios a la juventud e instruirles en la vida cristiana. (1888).
Hoy recordamos especialmente a los SANTOS VICTORINO, VÍCTOR, NICÉFORO, CLAUDIO, DIODORO, SERAPIÓN, y PAPÍAS
Los Santos Mártires Claudio, Diodoro, Nicéforo, Papías, Serapión, Víctor y Victorino procedían de Corinto y vivieron durante el reinado del emperador Decio (249-251). Fueron arrestados por su confesión de Cristo en el año 249 y fueron llevados ante Tercio el procónsul, quien tenía autoridad sobre Morea (actual Peloponeso). Después de ser torturados, pasaron a Egipto, aunque no sabemos si la sentencia comprendía ese destierro, y completaron su martirio en Dióspolis, capital de la Tebaida, bajo el gobernador Sabino, en el reinado de Numeriano.
Los Santos Victorino, Víctor y Nicéforo fueron condenados a perecer despedazados en un mortero de mármol. Los verdugos comenzaron por destrozarle los pies y las piernas a Victorino, diciéndole a cada golpe: «¡Sálvate! Todavía puedes escapar de la muerte si renuncias a tu nuevo Dios».
Pero el gobernador, viendo la constancia de Victorino, perdió la paciencia y ordenó que lo descuartizaran. Víctor, a quien se amenazó con idéntico martirio, ardía en deseos de que la sentencia se ejecutase inmediatamente; señalando el mortero de piedra dijo a los verdugos: «La salvación y la felicidad me esperan allí». Los verdugos lo destrozaron sin dilación.
El tercero de los mártires, Nicéforo, saltó por su propio pie al mismo pozo de destrucción; el juez, a quien molestó tal audacia, ordenó a los verdugos que acabaran con él a golpes.
Al Santo Claudio le cortaron las manos, los pies, y luego los brazos y las piernas, llegando a su fin. El gobernador, señalando los miembros y los huesos del mártir que yacían por tierra, dijo a los otros tres confesores de la fe, Diodoro, Serapión y Papías: «En vuestras manos está vuestra suerte; yo no os obligo a sufrir».
Los mártires respondieron unánimemente: «Antes que renunciar a nuestra fe, estamos dispuestos a sufrir los más crueles tormentos que puedas imaginar. Jamás traicionaremos la fidelidad que debemos a Dios, ni renegaremos de Jesucristo nuestro Salvador, que es nuestro Dios y Creador, por el que nuestras almas suspiran». Entonces el tirano condenó a Diodoro a ser quemado vivo en un horno de fuego y Serapión fue decapitado por la espada. Papías fue arrojado al mar con una piedra atada al cuello.
