“Mediante la ordenación sacramental hecha por medio de la imposición de las manos y de la oración consecratoria del Obispo, se determina en el presbítero ‘un vínculo ontológico específico, que une al sacerdocio con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor’.
La identidad del sacerdote, entonces, deriva de la participación específica en el Sacerdocio de Cristo, por lo que el ordenado se transforma –en la Iglesia y para la Iglesia- en imagen real, viva y transparente de Cristo Sacerdote: ‘una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor’.
Por medio de la consagración, el sacerdote ‘recibe como don un poder espiritual, que es participación de la autoridad con que Jesús, mediante su Espíritu, guía a la Iglesia’.
Esta identificación sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote inserta específicamente al presbítero en el misterio trinitario y, a través del misterio de Cristo, en la comunión ministerial de la Iglesia para servir al Pueblo de Dios”.
(Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros).
