En la empresa renovadora de Diocleciano, que veíamos el anterior día, la restauración de la religión oficial romana jugaba un papel importante. Sorprende que, durante cerca de dos décadas, Diocleciano no instigase a los cristianos. De hecho, la fe había llegado a su círculo familiar más íntimo, pues su esposa Prisca y su hija Valeria eran consideradas cristianas.
¿Por qué se dará un brusco cambio de actitud por parte de Diocleciano tras casi cuarenta años de tranquilidad para los cristianos, y a punto de desatarse una de las tempestades más terribles contra ellos?
Parece ser que contribuyeron una serie de factores.
Sus consejeros paganos le llegaron a persuadir de que su gran empresa regeneradora tan sólo podría considerarse coronada con éxito eliminando hasta la raíz el cristianismo. La idea de que los cristianos en instituciones tan peculiares como el ejército, podrían constituir un “peligro” (sic), motivó las primeras medidas, consistentes en la depuración de las legiones.
También parece importante la influencia de Galerio, acérrimo enemigo de la fe y asociado a Diocleciano, como vimos ayer, al poder como “César” en la parte más oriental del Imperio. Parece ser que el “oráculo favorable” de Apolo de Mileto para el inicio de las persecuciones fue determinante.
