Consideraciones sobre los novísimos – 7

by AdminObra

Ofrecemos en este día del mes de noviembre estas consideraciones de un autor interesantísimo, el Hermano José Carlos Bermejo, religioso camilo, y director del Centro de Humanización de la Salud, en Tres Cantos – Madrid, que ha hecho un bien extraordinario en multitud de facetas. Una de ellas…cómo llevar el duelo ante la muerte de seres queridos. Las reflexiones que ofrece, que propone, que sugiere en su trabajo son realmente alentadoras. Hoy ofreceremos, y en sucesivos días de este mes, algunas pautas entresacadas del libro suyo titulado “Estoy en duelo”, publicado por la editorial PPC. Tema el del duelo que a todos interesa pues por él pasamos y pasaremos.

Los niños también viven la muerte.

Ayudar a los niños que, efectivamente, viven la muerte de un ser querido quiere decir ayudar al ritmo propio del niño y atender especialmente sus expectativas y demandas. Parece realmente oportuno dar espacio a la comunicación de sentimientos y aceptarlos como tal. Es fácil caer en el tópico de decir “no llores” y, a la vez, sentir el deseo de reír cuando participamos de experiencias alegres.

No es infrecuente excluir a los niños y adolescentes de la participación de los ritos que acompañan al fallecimiento de un ser querido. Como si se tratara de cosas de mayores y ellos no estuvieran preparados para asumirlo. Sin embargo, la experiencia me ha confirmado que, efectivamente, la participación de los niños en la verdad de la muerte y en los momentos importantes de los ritos fúnebres, es un acierto para ayudarles a vivir sanamente la pérdida y para acompañarles en el proceso educativo.

Parece predominar hoy una educación que cae en el error de querer ocultar la muerte o domesticarla tanto que pierde su aguijón humano, como parece que hace la pantalla al presentarla tan cotidiana, tanto en las películas como en las noticias, que la tenemos en la sopa, en la merienda y en los dibujos animados. Pero luego, cuando nos la encontramos de verdad, experimentamos la tentación de excluirlos de participar en ella. Delicadamente los retiramos para protegerlos, como si no tuvieran fuerzas para vivirlo de cerca o como si fuera algo solo apto para mayores. Ya sabemos cuáles son algunas implicaciones de esta actitud: una cultura que no hace familiar con el fracaso, con la limitación, con la espera y la esperanza; una cultura de lo inmediato y eficaz, del éxito y de la respuesta correcta a orden de tecla.

Si es cierto que la participación de los niños en la muerte de los seres queridos es una buena pista para educar de manera santa, es cierto también que no todos los niños son iguales y que no a todas las edades se puede participar del mismo modo.

Muchas personas se preguntan si no serán muy pequeños o si no será una experiencia demasiado traumática. No hay una respuesta unívoca, pero creo que todos pueden beneficiarse de la participación en la verdad y en los ritos, con la condición de que los preparemos y respondamos a sus preguntas. Que un niño vea un cadáver puede preocuparnos, pero puede ser más peligrosa la fantasía. En efecto, la exclusión de los niños, tanto de la noticia de la muerte como de la participación en los ritos y encuentros relacionados como ella, puede favorecer interpretaciones equivocadas y crear mayor ansiedad.

(…).

Algunas reglas para hablar con los niños de la muerte son:

  • No engañar al niño.
  • Dar a las preguntas del niño respuestas simples y directas.
  • Intentar comprender el contexto emocional y el grado de desarrollo del niño para responder a sus preguntas adecuadamente.
  • Permitir que el niño participe en el funeral, tras explicárselo y preguntarle.
  • Transmitir nuestra esperanza, nuestra confianza, de forma espontánea, lo que a nosotros nos ayuda también a afrontar la muerte.
  • Dar todo el cariño y ternura que necesiten”.