(Una aproximación con Fabrice Hadjadj)
“La virilidad, por lo tanto, va íntimamente ligada a la castidad. Toma las herramientas nupciales y construye una morada para la mujer amada. Se sirve de sus músculos para ofrecerle lirios. Y, sobre todo, permite frenar el péndulo permanente entre el deseo y el rechazado para supera el desarraigo del instante y conservar el futuro con el otro.
Cuando José se plantea repudiar a María y no lo hace, se cumple en él la palabra de Dios recogida en Malaquías “reconciliará el corazón de los padres con los hijos y el corazón de los hijos con los padres” (Ml 3, 24). Pero antes el corazón del marido tiene que volverse hacia su mujer. Eso es lo que dice un oráculo dos capítulos antes (Ml 2, 15-16): “No le seas tú infiel a la esposa de tu juventud. Porque Yo odio el repudio, dice el Señor”.
En José se cumple este oráculo; y es él también quien se adelanta a la respuesta que el Hijo ofrece a los fariseos cuando estos le preguntan: “¿Le es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?” Jesús les recuerda el principio: el hombre y la mujer que, unidos por Dios, se convierten en una sola carne. A continuación, añade que, si Moisés permitió el repudio, fue “a causa de la dureza de vuestro corazón” (Mt 19, 3-10). Puede que el que es viril sea duro, pero su corazón no lo es. Su corazón es “manso y humilde” (Mt 11, 29): sabe sujetar el timón en medio de las tormentas conyugales”.
