San Basilio vivió pobremente en su vida personal, así que tenía fuerza moral para interceder con éxito en favor de personas injustamente tratadas, o para solicitar la reparación de un puente o de otra obra pública, o la condonación de impuestos a una ciudad devastada, o alcanzar el perdón de un culpable, o la rehabilitación de un inocente, o reconciliar a familiares entre sí, o exhortar el amor hacia los esclavos por parte de sus amos.
San León Magno, por ejemplo, fue organizador de colectas dominicales, para recoger en ciertos domingos dinero destinado al socorro de los pobres, pero la institución se remontaba ya a tiempos anteriores y él la admitía en la “la tradición de los Apóstoles”.
San Juan Crisóstomo, organizó la beneficencia en Constantinopla, donde por medio de orfanatos, refugios y otras obras se llegaría a atender a unas 5000 personas necesitadas. Antes, en Antioquía, como diácono, se había entregado a la asistencia social protagonizada por Flaviano, su obispo. Aquí se atenderían a 3000 viudas y vírgenes a las que se alimentaba diariamente, además del cuidado de encarcelados, enfermos, viajeros, mutilados, los propios ministros de la Iglesia y todos aquellos que se acercaban pidiendo comida o vestido.
