NICEA (325 – 2025) – 3

by AdminObra

Los Edictos que veíamos en el día de ayer, restituían los derechos civiles y jurídicos a los cristianos y a sus propiedades y concedía a la religión cristiana el valor de “religió licita”, siendo permitido su existencia, su culto, su expansión, así como el respeto por sus propiedades y vidas dentro del Imperio Romano. Así pues, en menos de 12 años la Iglesia pasó del “non licet ese vos (christianos)” a ser no solamente tolerados, sino convocados, protegidos, y presididos en asamblea por el emperador.

Recordemos, fechas claves fueron los Edictos de Sárdica (311), firmado por Galerio en su lecho de muerte, rectificando lo que había sido su política religiosa, y otorgando al cristianismo el derecho legal a existir, y dándosele al cristianismo un estatuto oficial de tolerancia por primera vez, dejando der ser una “superstición ilícita”; el Edicto de Milán (313), promulgando una legislación de libertad religiosa, tras haber vencido Constantino a Majencio en Milvio (312); el Concilio de Arlés (314), convocado por Constantino para restaurar la paz africana por causa del cisma de Donato; la promoción del Concilio de Nicea –que nos ocupa particularmente- (325); el bautismo de Constantino (337), en víspera de su muerte; la negativa de Graciano a recibir las insignias paganas y llevar el título de “Pontifex Maximus” (375); hasta que llegó la oficialización del cristianismo gracias a Teodosio (381) con la eliminación del paganismo en nivel público y privado.

Aún tendrían que pasar 70 años, en medio de los cuales tuvo lugar este acontecimiento de máxima importancia para el propio emperador.

Así, muchos obispos que se desplazaron al concilio llevaban en su cuerpo signos de la persecución acontecida en la década anterior a 325, algunas visibles, como las heridas hechas con hierro por tortura del obispo Pablo de Neocesarea del Ponto; otras más interiores, como los trabajos forzados y prisión que sufrieron los obispos Pafnuzio de Egipto, o Máximo de Jerusalén (a quien también se les había quitado un ojo). Ayer perseguidos, hoy honrados por el mismo Imperio