Un mandato; un don, más bien, nos deja el Señor, que es la prenda del “amor mutuo”. Ya lo había hecho; ya nos había dicho que era necesario guardar sus mandatos para permanecer en Él (en su Amor); pero ahora nos lo dice explícitamente: amor mutuo.
El “amor mutuo” es un amor concreto que debe regir las relaciones de cualquier comunidad cristiana, en la que sus miembros se reconozcan a sí mismos, y se presenten ante los demás, como discípulos redimidos del Maestro y Señor.
Este “amor mutuo” parte de la experiencia de sabernos amados. Nos amamos porque Jesús nos amó en la Cruz, y nos sigue amando en el Cielo y en el Sagrario. Nos amamos como Jesús nos amó en la Cruz, y nos sigue amando en el Cielo y en el Sagrario, esto es, consentimos entrar en oblación.
El listón es alto. Mucho.
Pero insistiremos en decir que el mandato es un Don. El Señor no ordena, dona. No es igual, evidentemente. Así nos capacita para llegar al nivel de ese listón moral, que, en principio, es inasequible para el hombre.
El amor que nos dona no se ha de identificar con un sentimiento, que siempre es vago, etéreo, voluble, inconstante, pasajero, sino que se ha de reconocer como una forma de vida ajena a todo emotivismo y sentimentalismo. El amor es algo serio, que nos ha de madurar. Se madura o se muere, decía un filósofo contemporáneo francés.
Madurados por el amor donado y acogido, y vivido y practicado y ofrecido, Jesús nos enviará para dar fruto perdurable.
Quizá nos falta amor en la vida. Quizá nos lo han explicado mal. Quizá se ha pervertido. Si dudamos, mira a Jesús, a su Cruz, a su Corazón, y aprenderás lo que sea amor.
