El nombre de “Siervo de Yahvé” es en la Biblia un título honorífico.
Yahvé llama “mi siervo” al que destina a colaborar en su designio.
Para cumplir o realizar este designio envía a su Hijo, siervo de Dios por excelencia; este título expresa incluso el aspecto más misterioso de su misión redentora: Cristo, en efecto, por su sacrificio expía la negativa de servir, lo cual es el pecado, y une a todos los hombres en el mismo servicio de Dios.
El título de “Siervo de Dios” se da a los hombres cuya misión concierne siempre al pueblo elegido; dado con frecuencia a Moisés, mediador de la Alianza; y a David, tipo de rey mesiánico; designa también a los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob, luego a Josué, que conduce al pueblo a la tierra; se aplica a los profetas que tienen misión de mantener la alianza, así como a los sacerdotes que celebran el culto divino en nombre del pueblo-sacerdote.
La elección de todos estos servidores está finalmente destinada a hacer al pueblo fiel al servicio que Dios aguarda de él, como lo son los ángeles, servidores de las voluntades divinas.
