LA ANUNCIACIÓN (Y ENCARNACIÓN). LITURGIA

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Originariamente esta fiesta estuvo ligada al primitivo ciclo natalicio. Ya en el siglo IV, con la proclamación del Evangelio de la Anunciación antes de Navidad, las iglesias de Oriente y Occidente fijan la atención en este Misterio. En esos momentos, muchas homilías de los Padres del siglo IV consisten en comentarios poéticos de las palabras del ángel a María.

Las liturgias hispana y ambrosiana contendrán contienen elementos propios que contribuyen a enriquecer este acontecimiento.

Durante el siglo VI, en Asia Menor, se fijará el 25 de marzo –nueve meses antes de la Navidad- como conmemoración de la Encarnación del Señor, o Anunciación a María.

Desde Constantinopla se introducirá esta fiesta en Occidente en el siglo VII.

Al principio se trataba de una fiesta cristológico-mariológica, y en ese sentido se expresaban los textos litúrgicos.

Después fue designada como “Anunciación de María”, con lo que el carácter cristológico quedaba oscurecido y en segundo plano.

En la liturgia actual, tras la reforma propiciada por el Concilio Vaticano II, lleva el título “La Anunciación del Señor”, rescatando así su sentido cristológico, pero sin perder el mariano.

La celebración era y es una fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: de Cristo que se hace “hijo de María”; de María, que se convierte en Madre de Dios.

Con relación a Cristo, el Oriente y el Occidente celebran dicha solemnidad como memoria del “fiat” salvador del Verbo Encarnado, que entrando en el mundo dijo: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad” (Hb 10, 7); como conmemoración del principio de la Redención y de la indisoluble y especial unión de la naturaleza divina con la humana en la Persona única del Verbo.

Por otra parte, con relación a María, como fiesta de la nueva Eva, virgen fiel y obediente, que con su “fiat” generosos (Lc 1, 38) se convirtió, por obra del Espíritu Santo, en la Madre de Dios y también en verdadera madre de los vivientes, y se convirtió también, al acoger en su seno al único Mediador, en verdadera Arca de la Alianza y verdadero Templo de Dios.

Celebración, pues, de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre, y conmemoración del libre consentimiento de la Virgen, y de su concurso al plan de la Redención.