La Encarnación es el acontecimiento por el cual el ser de Cristo abarca en un gran abrazo lo divino y lo humano.
No es que lo divino se hiciera humano, ni que lo humano se hiciese divino, no, sino que el Hijo de Dios, Verbo Eterno del Padre, o Segunda Persona divina, descendió hasta la naturaleza humana y de tal manera penetró en ella que el Verbo existe en ella y ella existe en la virtud y fuerza del Verbo.
Así, decimos que en Cristo hay una persona divina –la persona del Verbo de Dios-, y dos naturalezas, una divina y otra humana. Ambas subsisten sin transformación de la una en la otra y sin mezclarse.
En el Credo Niceno-Constantinopolitano confesamos: “Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se ENCARNÓ de María (y no “en” María) la Virgen y se hizo hombre”.
La Iglesia llama “Encarnación”, entonces, según enseña el Catecismo, al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. Y esta fe es el signo distintivo de la fe cristiana “Todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios” (1Jn 4, 2). San Pablo lo llama “gran misterio de piedad”.
