EL DESIERTO, LUGAR DE MUERTE Y DE VIDA

by AdminObra

La soledad y la grandeza del desierto, de cualquier desierto, son ocasión propicia para que el hombre se encuentre consigo mismo y medite en la grandeza infinita del Señor.

Aquí reside la gran riqueza del simbolismo del desierto: es lugar de la nada, de la ausencia de todo y de todos, incluso, pareciera que de Dios mismo; lugar de muerte, en definitiva, y, a la vez, lugar del encuentro con el Dios de todas las cosas.

Fue en el desierto donde se dio el encuentro más importante del pueblo hebreo con su Dios, en el acontecimiento fundante y fundamental de la Alianza del Sinaí: Dios juró hacer de este pueblo su propio Pueblo; y los hebreos, a su vez, juraron obedecer al Dios único y verdadero y cumplir su voluntad al observar los Mandamientos.

De este modo, el desierto, por su soledad absoluta y por su despojo de todo, se convirtió en el seno donde Dios hizo surgir un pueblo.

Fue la cura en la que el corazón de Dios envolvió a este pequeño pueblo y pobre dándole agua para beber; el alimento providencial del maná y de la carne; la nube que lo protegió del sol abrasador; el que lo iluminó durante la noche; la serpiente de bronce que lo defendió de los ataques de las serpientes venenosas.

Por eso, el recuerdo del desierto será para Israel un punto ineludible de referencia.

Hablar del desierto no significará únicamente el lugar del nacimiento como nación, sino que será también el lugar de los recomienzos y de los renacimientos tras las épocas de traición de los hebreos a Dios.

Igual que Moisés, Jesús iniciará su vida pública tras su estancia en el desierto para fundar un nuevo pueblo, venciendo a Satanás allí donde éste había vencido antes.

Desde entonces, y desde siempre, el desierto será el lugar de la prueba, del combate, de la tentación, de la derrota, de la victoria, en fin, el lugar indispensable de encuentro con Dios.

Así observaremos la Cuaresma, tiempo “desértico” en el que seremos puestos a prueba y expuestos a derrotas espirituales humillantes, pero, al mismo tiempo, etapa que facilite la conversión y fortalezca nuestros propósitos de servir a Dios “en espíritu y en verdad”.