BREVE EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL DOGMA

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Desde el siglo VII es notoria la existencia en el Oriente griego de una festividad dedicada a la concepción de Santa Ana (Conceptio S. Annae), esto es, de la concepción pasiva de María.

La festividad se difundió también por Occidente, a través de la Italia meridional, comenzando primero en Irlanda e Inglaterra bajo el título de Conceptio Beatae Virginis.

Fue el principio de esta fiesta la concepción activa de Santa Ana, concepción que, según refiere el apócrifo “Protoevangelio de Santiago”, se verificó después de largo período de infecundidad, siendo anunciada por un ángel como gracia extraordinaria de Dios.

A principios del siglo XII, dos monjes británicos, Eadmer y Osberto, defendieron la concepción (pasiva) inmaculada de María, es decir, su concepción libre de toda mancha de pecado original.

San Bernardo, con motivo de haberse introducido esta fiesta en Lyon, la desaconseja. Otros teólogos de los siglos XII y XIII, influidos por aquél, como fueron Pedro Lombardo, Alejandro de Hales, San Buenaventura, San Alberto, Santo Tomás, se declararon en contra de esta doctrina. No hallaron el modo de armonizar la inmunidad mariana con la universalidad del Pecado Original y con la indigencia de redención que tienen todos los seres humanos.

El camino acertado lo mostrarían el franciscano Guillermo de Ware y, sobre todo, su gran discípulo, Juan Duns Scoto (1308), quien gracias al término “prerredención” consiguió armonizar la verdad de que María se viera libre de Pecado Original con la necesidad que también Ella tenía de ser redimida. La preservación del PO es la forma más perfecta de redención. Y, además, era conveniente que Cristo redimiese a su Madre de esta manera.

Los franciscanos apoyaron a su teólogo, y defendieron esta doctrina, teniendo en frente a los dominicos.

El Concilio de Basilea se declaró en favor de la Inmaculada Concepción, en 1439 (este Concilio no tuvo validez ecuménica).

Sixto IV (1471-1484) concedió indulgencias a esta festividad y prohibió las mutuas censuras que se hacían los dos bandos enfrentados.

El Concilio de Trento, en su Decreto sobre el Pecado Original, hace la importante aclaración de que “no es su propósito incluir en él a la bienaventurada y purísima Virgen María Madre de Dios”.

San Pío V condenó en 1567 la proposición del hereje Bayo de que nadie se había visto libre del Pecado Original, y de que la muerte y aflicciones de María habían sido castigo de pecados actuales o el propio PO.

Paulo V (1616), Gregorio XV (1622) y Alejandro VII (1661) salieron en favor de la doctrina de la Inmaculada.

Pío IX, después de consultar a todo el episcopado, la elevó el 8 de diciembre de 1854, a la categoría de dogma.