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Otro motivo, además del litúrgico, es la importancia que recibe el mártir como ejemplo supremo del cristiano, pues ha dado “testimonio” de Jesucristo (martyr significa “testigo”).
Los mártires han entregado su vida, como Jesús, por el Reino.
El mártir es un recuerdo de la muerte del propio Jesús.
Su culto remitía al pasado (Muerte y Resurrección del Señor, y al testimonio de todos los Apóstoles); remitía al presente (la intercesión celeste del mártir por la comunidad, pues es guía ejemplar); y al futuro (la esperanza de que el sufrimiento por Jesús recibe su recompensa en la Resurrección).
De ahí que los primeros cristianos pusieran desde el principio grande interés por conservar la memoria de los mártires.
Así, en el siglo II ya tenemos la narración del martirio de San Policarpo; o el de los mártires galos de Lyon o Vienne.
Este interés literario tan propiamente cristiano, se mostrará en las comunidades cristianas de África, con dos tipos de obras, denominadas “Acta” y “Passió”. Ambos títulos están en latín.
