17. SAN CIPRIANO de CARTAGO – II

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San Cipriano referirá su conversión al obispo de Cartago en aquel momento, el obispo Donato, en un famoso escrito que será como un anticipo a las famosas “Confesiones” de San Agustín.

Llegaría a ser, incluso, su sucesor por aclamación popular.

Los cristianos de Cartago estaban admirados de este nuevo hermano en la fe que repartía su fortuna entre los más pobres y había puesto sus talentos al servicio de la Iglesia.

Veían en él un revulsivo para un clero que había perdido parte de su celo y radicalidad apostólica. Pérdida que había sufrido también la comunidad de bautizados, a la cual se habían incorporado durante años muchos neófitos que no habían sido probados ni fortalecidos en las persecuciones.

Pese a las reticencias de San Cipriano, y a la oposición de la parte del clero más cercana a las posturas laxistas (capitaneada por el presbítero Novato y financiada por el millonario Felicísimo), fue nombrado obispo de Cartago en 248.

Como tal, dedicará mucho tiempo a escribir muchos escritos PASTORALES y MORALES, más que dogmáticos o especulativos (Tertuliano, en cambio, se batió en ambos campos, los prácticos y los más intelectivos).

Así, cultivando esos campos de la teología, quería mejorar el nivel de vida cristiana en consagradas y sacerdotes, e incluso corregir a obispos de su provincia eclesiástica que contemporizaban con el laxismo y la falta de tensión misionera y social.

También cultiva el género ya visto de la apología. Escribirá una famosa apología, brillante en todos los sentidos, defendiendo a los cristianos ante las acusaciones de provocar una pandemia por no dar culto a los ídolos. Al contrario, mostrará la labor asistencial y social de la Iglesia en esas circuntancias.