En este día pareciera que la Palabra de Dios nos quisiese advertir del pecado capital de la envidia, que fue una de las semillas maléficas que la serpiente sembró en el corazón de Eva. Así alimentaba la desconfianza ante Dios y sembraba la terrible duda que Dios no quiere nuestra felicidad, al contrario, que nos la deberíamos procurar nosotros mismos sin tener en cuenta los caminos que Dios nos marca, precisamente, para alcanzar felicidad y felicidad eterna.
El Catecismo nos enseña que la envidia, que es un pecado capital, “manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea de forma indebida”. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal. Es peligrosísima, pues.
San Juan Crisóstomo, predicando contra este vicio, decía “nos devoramos como lo harían las fieras”.
El Mandamiento divino que nos advierte de esta terrible tendencia es el Décimo que exige el destierro del corazón de esta enfermedad espiritual.
San Agustín dijo que era el “pecado diabólico por excelencia”, pues de la envidia nacen muchísimos más pecados.
La envidia rechaza la caridad. El modo de luchar contra ella es la benevolencia, dice el Catecismo.
En este Cuaresma no demos pábilo a la envidia. Pisémosla con toda nuestra violencia y hagamos sincera y santa violencia contra nosotros mismos deseando y rezando por el porvenir de propios y extraños en lo material y, evidentemente, en lo espiritual. Deseemos que el mundo esté lleno de personas más afortunadas que nosotros y más virtuosas ante los ojos de Dios, y seremos más felices.
