SAN ANTONIO, PRIMER EREMITA, Y PRETENDIDO PADRE DEL MONACATO – 3

by AdminObra

Si San Antonio no fue el primero de los monjes, sí fue el más ilustre de los primeros anacoretas. Su vida destacó por una irradiación excepcional.

Son históricos sus enfrentamientos con los demonios, o el Demonio. Pero esto era típico de todo aquel que se retiraba al desierto (ya le ocurrió a Nuestro Señor), y, por otra parte, era normal que esto le ocurriese, pues se enfrentó a la herejía arriana.

Nació a mediados del siglo III, en Coma, en la llanura del Egipto medio, en la ribera izquierda del Nilo, al sur de la antigua Memfis. Su familia era cristiana, campesinos pudientes. Huérfano de padres, y con una hermana, a los 20 años, estando en la iglesia, oyó las palabras que constituirían para él la llamada inaplazable: “Vende todo lo que tienes. ¡Ven, y sígueme!”.

Su conversión fue inmediata. La escuchó como especialmente dirigida a sí mismo. Aseguró el porvenir de su hermana a la que ingresa en una casa de vírgenes, donde se educaba cristianamente a las solteras jóvenes.

Así emprenderá el aprendizaje de la ascesis, dándose entero al programa tripartito del trabajo manual, la oración continua, y la lectura de la Biblia.

Se ejercitará en el desierto con monjes experimentados entre el 271 y 290 en las virtudes que le caracterizarán de la amabilidad, la asiduidad en la oración, la paciencia, la caridad, las vigilias, la constancia, los ayunos, el dormir en tierra desnuda. Aún seguía viviendo en los alrededores de su pueblo pernoctando en un sepulcro vacío.

En el 290 comienza un período nuevo, cuando se adentra en el desierto con el propósito de entablar lucha con el Demonio. Vivirá en un castillo abandonado en Pispir.

Una fuente le provee de agua, y una provisión de pan le basta para seis meses. Durante 15 años vivirá en absoluta soledad esta vida durísima, etapa que significará su completa victoria sobre el Enemigo.

Inicia entonces otra época, sin lugar a dudas la más fecunda, cuando se da la ocasión de que un número de discípulos derriban su puerta, y se aprestan a aprender de él. San Antonio no se niega, y vivirá con ellos hasta el 312. Pero ahora también acuden las multitudes hacia él, para conseguir un milagro tras otro. Ante esto se esconde, huye, sigue el rastro de una caravana de beduinos y se establece en el desierto cerca del Mar Rojo, donde vivirá hasta su muerte.

Tan sólo en dos ocasiones abandonará su eremitorio.

La primera, para consolar a los hermanos que había dejado en Pispir. La segunda, para luchar contra los arrianos en Alejandría, llamado por su amigo San Atanasio.

Morirá a los dos meses de su regreso rodeado de sus nuevos compañeros de soledad, que han edificado en el pequeño oasis sus celdas junto a la de Antonio.

Pronto fue considerado como padre de los monjes, el primer cristiano que gozó de culto público a su muerte sin ser mártir, y eso desde el primer cuarto del siglo IV.

La dura ascesis que practicó nos sorprende y nos edifica al mismo tiempo por su moderación. La confianza en Dios y la pureza de corazón son para él más importante que la austeridad. Su lucha victoriosa contra los demonios lo ha constituido en un padre espiritual único.

Sin lugar a dudas hay que considerarlo como el padre espiritual de los ermitaños cristianos de todos los tiempos.