En el camino que hacemos hace el Don del Espíritu Santo, visto como Persona Divina y como fuerza necesaria para el alma humana, Jesús nos revela que entre Él y el Padre existe una relación persona y existencial muy cercana e íntima. Tan es así que nos ofrece el participar del “conocimiento” recíproco del que hace gala.
Ya se sabe que el “conocimiento” en la Sagrada Escritura implica una experiencia y un sabor especial de la situación o de la persona que se dice “conocer”. Así ocurre en el seno del Misterio de Dios.
Jesús nos pide tener fe, la cual no se opone a la duda, sino que la asimila, en vez de caer en el temor, verdadero enemigo de la fe.
Nos invita con paciencia a observar sus obras, para que nos veamos dignos de hacerlas, incluso, mayores. Por eso nos ambiciona a pedirle al Padre, en su Nombre, cosas grandes, porque nos serán concedidas.
Lo que le hemos de pedir es la captación de la Persona Tercera del Misterio para que con su presencia ardiente nos capacite para llegar a cotas nunca pensadas.
