En este nuevo día de Cuaresma, el Evangelio nos pide que nos fijemos en uno de los pasajes más entrañables, el que conocemos como parábola del “hijo pródigo”.
Según la enseñanza del Catecismo, esta parábola describe maravillosamente el proceso de lo que debe ser la conversión y la penitencia.
Hay que decir, que la parábola fija la atención en el “padre misericordioso”, más que en el hijo pecador. Esto es muy importante, porque nos enseña que debemos fijarnos mucho más en el Padre que quiere reacogernos y abrazarnos con muestras inefables de amor que en el peso de nuestras miserias, lo cual podría desanimarnos e impedir que nos levantemos desde nuestros pecados y evitar que volvamos a nuestro Padre.
Eso no puede ser.
Hay que fijar la mirada en el Padre Dios que siempre está mirándonos con mirada atrayente y atractiva.
La fascinación de libertades ilusorias, el abandono de Dios y de su Iglesia, experimentar la hediondez de nuestros pecados y el estado moral en el que nos pueden dejar, la humillación de vernos tan sucios, la reflexión necesaria que lleva a recapacitar, descubrir todo lo bueno que perdimos al abandonar a Dios, el arrepentimiento fuerte y sincero, la decisión firme de levantarse desde nuestra postración moral, regresar a Dios con humildad y verdad, permitir a Dios que nos abrace y perdone… son los pasos que se descubren en cualquier proceso de conversión.
Recemos para que muchos hagan ese camino difícil, pero sanador.
En Cuaresma, descubramos que Dios nos espera; en Cuaresma, permitamos a Dios que nos perdone; en Cuaresma, dejemos que Dios nos absuelva; en Cuaresma, hagamos que Dios nos vista de fiesta pascual.