La envidia, vengadora de sí misma.
El envidioso hace de la felicidad ajena su propio tormento, y él mismo enflaquece mientras el prójimo disfruta.
Una persona invadida por esta peste lleva con el pecado la penitencia.
Los demás vicios son contrarios a algún bien; éste es enemigo de todos los bienes (ajenos), pervierte la naturaleza de todas las cosas.
Es opuesta a la bondad divina, a la que es propio comunicar todos los bienes; es opuesta al estado de los santos, que se alegran de la felicidad de los demás; es opuesta a la caridad cristiana, que se alegra incluso del bien de los enemigos; es opuesta a la ley de la naturaleza, que nos manda desear para los demás todos nuestros bienes.
El envidioso ve excesivo la excelencia del otro.
Es propia de un espíritu mezquino, que tiene un concepto bajo de sí mismo.
Para librarse de la envidia, hay que despreciar los bienes fugaces de este mundo y amar lo de verdad. Quien solo aspire a los bienes eternos no puede envidiar los perecederos de los demás.
