En este día de Cuaresma, hemos de considerar que Cristo ha venido a hacer nueva la Ley, la Ley que llamamos divina, natural, revelada. No ha venido para darnos más leyes, ha venido a hacerla nueva, renovarla, como ha venido para establecer un Pacto o Alianza definitivo.
¿Cómo será eso? Por medio del Espíritu Santo que transformará la Ley en “Ley Nueva” como enseña el Catecismo.
Esta “Ley Nueva” purifica, supera y lleva a la perfección la Ley antigua. Va dirigida a los que están dispuestos a acoger con fe esta esperanza nueva. Nos viene del Espíritu Santo, actúa por la caridad, y se vive con la ayuda de los Sacramentos.
En definitiva, se ha de grabar “en lo secreto”, en el corazón.
Cristo no ha venido a devaluar la Ley del Sinaí (Diez Mandamientos), sino que ha venido para ayudarnos a vivirlos de corazón y desde corazón. Ha venido para “radicalizar” su cumplimiento.
El Catecismo lo expresa así: “Cristo no añade preceptos exteriores nuevos, pero llegar a reformar la raíz de los actos, el corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro”. Así se llegaría a vivir la Ley en toda su amplitud y plenitud.
Pidamos al Señor que nos ayude a vivir día a día su Ley con corazón, lo que supone la circuncisión del mismo.