El pasaje del Evangelio empieza fuerte con el consabido “Tanto amó Dios al mundo” que, evidentemente, muchos se sentirán situados en el pasaje del “Lavatorio de los pies”, cuando escuchamos “los amó hasta el extremo”.
Ese amor extremo de Jesús mostrado en el “Lavatorio” es el propio amor extremado de Dios por el cual envía su Hijo al mundo.
En este día de Pascua estamos invitados a considerar el amor incondicional de Dios que, entregando a su Hijo, se entrega a Sí mismo. El amor incondicional significa que nos ama tan fuerte simplemente porque es Dios. Y Dios es así.
Al revelarnos San Juan con cuánto amor Dios nos ama, pretende que asumamos el proyecto de plenitud que tiene para cada uno de nosotros. Una plenitud que no empieza sólo tras la muerte, sino ahora en el presente. En el “ya”. Por eso se nos hace la misma insinuación que a Nicodemo, que consiste en elegir la Vida Eterna, es decir, la plenitud, que Jesús ha venido a traernos.
Para ello tenemos que tener fe en su propuesta y en su proyecto de “iluminar” nuestra vida mortal. “Iluminar” es dotarnos de plenitud –insistimos-, de claridad. Creamos en su amor, pues.
