«La caridad es la única que discrimina a los hijos de Dios de los hijos del demonio. Aunque todos se signen con la señal de la Cruz de Cristo, aunque todos respondan amén, y canten todos aleluya y se bauticen todos; entren en la Iglesia y fabriquen basílicas: no se distinguirán los hijos de Dios de los demás, sino sólo por la caridad. Los que tienen caridad, han nacido de Dios; los que no, no han nacido de El (…). Esta es la perla preciosa del Evangelio que un negociante buscaba, y halló una sola, y, vendido todo su haber, la compró. Es la piedra preciosa, la caridad, sin la cual todo cuanto tuvieres nada aprovecha, y si ella sola tuvieres, tienes de sobra. Ahora ves con fe, después verás con visión. Si amamos ahora que no vemos, ¿qué efusiones de amor tendremos cuando veamos? Pero entre tanto, ¿en qué debemos ejercitarnos? En el amor fraterno. Puedes decirme: «No veo a Dios»: pero ¿puedes decirme: «no veo al hombre»? Ama al hermano. Si amas al hermano que ves, al mismo tiempo verás a Dios, porque verás la misma caridad, y Dios mora dentro». (San Agustín).
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