En esta última etapa cuaresmal, en la que iremos escuchando al evangelista San Juan de un modo semicontinuo, nos vamos a centrar en la meta, esto es, la renovación de nuestra condición de hijos de Dios por el Bautismo.
El Bautismo es el “fundamento de toda la vida cristiana”, dice el Catecismo, el “pórtico de la vida en el espíritu”, y la “puerta que abre el acceso a los otros sacramentos”. De ahí, que en el pasado el baptisterio estuviese situado al lado de la puerta principal de las iglesias.
Hemos escuchado, pues, expresiones bellas: “fundamento” y “pórtico”.
Este Sacramento nos liberó del pecado y nos regeneró (volvimos a nacer) como hijos de Dios, y nos permitió ser miembros de Cristo e incorporarnos a su Iglesia, dándonos así su propia misión.
Todo esto lo tenemos que considerar en Cuaresma, que es el tiempo de penitencia por despreciar todo lo que nos ha otorgado, sin mérito alguno, Dios nuestro Padre.
Meditemos en este día si soy consciente de los dones bautismales y si soy agradecido a Dios por todo lo que me ha regalado sin mérito previo.