Buscar el “fuego” del Espíritu Santo es vital, pues nos ayudará a conocer a Jesús. El Espíritu Santo nos dará un conocimiento interno de Jesús muy grande.
Nos puede pasar como a los lugareños del entorno de Tiberíades que trataban a Jesús con cierto respeto, pero sin acercarse al Misterio de su Persona ni de su Misión. O Maestro, o Rey, pero no lo veían como “venido” del Cielo.
Nos puede pasar como a los lugareños del Lago que se acerquen a Jesús porque han visto unos gestos importantes que les han reportado una saciedad material. El llenar el estómago no les ha servido en demasía. Siguen lejos de Jesús. El Señor se lo hace ver. No ven su Gloria.
Jesús ha venido para saciar nuestras vidas con un “alimento” que perdurará. Conseguir este “alimento” supone lucha y esfuerzo, el mismo esfuerzo que han hecho los lugareños para llegar hasta Jesús una vez que desapareció de sus ojos.
Aún así, a pesar que los conmina al esfuerzo, les revela que ese “alimento” es un Don que sólo adquirirán si lo reconocen, y para reconocerlo han de tener fe. La fe es dejarse iluminar por el Espíritu Santo, que nos da ese conocimiento interno de Jesús imprescindible para admitir su Gloria.
Buscamos el “alimento” que perdura; buscamos el “fuego”; pero no olvidemos que son Don, todo es Don.
