LA REALIDAD DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

by AdminObra

A diferencia de Lázaro (Jn 11, 17-44), la de Jesús no significa un retorno a la carne terrena y moral (Jn 11, 39. 44). La resurrección de Jesús crucificado y sepultado es tránsito hacia una vida eterna, imperecedera, que no conoce ya la muerte: “Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, no vuelve ya a morir; la muerte ya no tiene dominio sobre él” (Rom 6, 9; Ap, 1, 17s).

La esperanza en el retorno inminente de Cristo muestra que la resurrección del Crucificado era considerada por los primeros cristianos el principio del tiempo final y, por ende, un acontecimiento escatológico dentro de una historia todavía en curso. La resurrección de Jesús inaugura la de los muertos al final de los tiempos. Al mismo tiempo, presupone esa resurrección escatológica: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado” (1Cor 15, 13).

Como católicos, y siguiendo a los mejores autores, apelamos al realismo de la fe cristiana en la encarnación. El cuerpo biológico de Jesús pertenece constitutivamente a la revelación, por lo que no puede ser irrelevante para la realidad de la resurrección de Jesús. No, no lo es.

Quien se tome en serio el testimonio del Nuevo Testamento de su resurrección no podrá negar que ésta no es sólo una muestra de la importancia de la vida y muerte de Jesús o de la convicción de que Jesús vive, sino que se trata de una acción de Dios sobre Jesucristo, quien fue crucificado y sepultado.

Para la Biblia, “resurrección” quiere decir siempre resurrección corporal. Una resurrección meramente espiritual o personal es inconcebible.

El sepulcro vacío permite en sí, cierto, varias interpretaciones. Pero combinado con las “apariciones” del Resucitado, es un signo de la resurrección corporal de Jesús.

“Resurrección” no significa reanimación, sino transformación desde la bajeza de la carne a la presencia transfigurada del Dios eterno. comporta la redención de la vida humana en su caducidad, fragilidad y vulnerabilidad corporal.

De la oscuridad de la tumba, el Crucificado fue resucitado a una vida nueva. En la resurrección de Jesús se fundamenta la promesa de la futura figura transfigurada de la Creación, la promesa de lo que el libro del Apocalipsis llama “un cielo nuevo y una nueva tierra” (Ao. 21, 1).