El hombre ansía la paz desde lo más profundo de su ser. Pero a veces ignora la naturaleza del bien que anhela, y los caminos que sigue para lograrlo. Camino que en ocasiones no son los de Dios.
Por eso debe aprender de la Historia Sagrada en qué consiste la búsqueda de la verdadera paz y oír proclamar por Dios en Jesucristo, su Hijo, el don de este verdadero don.
Para apreciar en su pleno valor la realidad designada por la palabra hay que percibir el significado latente en la expresión semítica.
La palabra hebrea Shalom deriva de una raíz que designa el hecho de hallarse intacto, completo, íntegro, apaciguado, cumplir un voto. Por tanto, la paz bíblica no es sólo el “pacto” que permite una vida tranquila, ni el tiempo sin guerras; designa el bienestar de la existencia cotidiana, el estado del hombre que vive en armonía con la naturaleza, consigo mismo, con Dios; concretamente, es bendición, reposo, gloria, riqueza, salvación, vida.
Cristo es nuestra Paz.
Sólo el reconocimiento universal del Señorío de Cristo por todo el universo en el último advenimiento establecerá la paz definitiva y universal. Sólo la Iglesia, que rebasa las distinciones en la tierra el lugar, el signo y la fuente de la paz entre los pueblos, puesto que ella es el cuerpo de Cristo y la dispensadora del Espíritu.
