“¿Es de maravillar que Saulo, bajo el peso de este conocimiento, estuviese vacilante? Cuánto tiempo pasó hasta que profirió la pregunta, no de duda, sino descubridora de indecible asombro: ‘Señor, ¿quién eres?’, no lo sabemos. Y ahora vino la palabra salvadora: ‘YO SOY JESÚS’, y cual tierno reproche resonaron a continuación estas palabras: ‘¡A quien tú persigues!’. En este momento parecióle la cara glorificada de Jesús como una cabeza llena de sangre y heridas, cruzada pro finas líneas de púrpura. La sangre de los mártires que él había derramado, corría en grandes gotas hacia abajo. Y de nuevo le hizo palpitar una rápida ilustración: la idea del misterioso cuerpo de Cristo, que padece en los suyos.
Entonces brotó en él como una fuente de ocultas profundidades y anegó su interior con un torrente de ‘luz, en el cual reconoció la magnificencia de Dios, que se manifestaba en la cara de Cristo’ (2Cor 4, 6). ¡La luz de la fe había nacido para él! Era una victoria de misteriosas fuerzas, el nacimiento de una nueva vida, la aparición de un mundo superior, la roturación del seco terreno de su corazón. Era una completa capitulación del entendimiento y de la voluntad, del castillo de su corazón que había levantado contra Dios, un cautivar todos los pensamientos a la obediencia de Cristo (2Cor 10, 5). De lo que experimentó en estos pocos momentos, ya no hubo para él ninguna duda. Era su inmutable persuasión de que había contemplado realmente a Cristo resucitado, y hablado con El.
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Cuando Saulo se levantó del suelo, era el fiel vasallo de Jesús para siempre.
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Frente a este proceso de conversión tan rápido, fracasa la psicología. Desde dentro hacia fuera, ya no se puede poner nada más en claro. Es un ‘místico morir’ que se realiza en la mística noche del alma. Es misterioso como una vida nueva en el seno materno; un renacimiento en el sentido más verdadero. Así lo experimentó Pablo. Sus extraordinarias palabras recuerdan la rapidez de su nacimiento espiritual: ‘Finalmente, después de todos, se me apareció también a mí, que vengo a ser como un abortivo’ (1Cor 15, 8). No puede decir más en menos palabras.
