Veíamos ayer que el Bautismo nos otorgaba un organismo sobrenatural magnífico gracias, entre otros, al don moral y cardinal de la fortaleza.
¿Por qué la mencionamos?
Hoy la Palabra de Dios pareciera nos recuerde que la vida del cristiano nunca será fácil en la tierra. Si un cristiano vive demasiado acogido en este mundo, puede ser que esté “negociando” con las exigencias de su fe, y haciendo “paces” con el mundo, en vez de hallar Paz con el Justo.
Con la “fortaleza” se nos asegura firmeza en las dificultades y constancia en la búsqueda del bien. ¡Qué pronto nos cansamos de todo! ¡Qué pronto nos cansamos de luchar por lo bueno!
Esta virtud hace capaz de vencer el temor, incluso de la muerte (y es bueno pensar que vamos a morir, que no nos queda mucho), y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Nos capacita para ir hasta la muerte y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. La fortaleza, entonces, nos lleva a ser “mártires” con el Mártir de los mártires, Cristo, Ungido de Dios por nuestra Salvación, dando testimonio de la Verdad.
En esta Cuaresma, consideraremos la virtud de la fortaleza, y todo lo relacionado con el testimonio personal de mi fe. Meditemos hoy si me escondo o si me adapto a las conveniencias y exigencias de una sociedad que rechaza a Dios y todo lo santo. Preguntémonos, y admitamos si fuese el caso, si hemos hecho sufrir a otros que quisieron vivir su fe con coherencia burlándonos de su moral y de su modo de vivir.
En esta Cuaresma trabajemos este don que nos ayudará a ser testigos de la Verdad.
En estos días, hagámonos cargo que, por el Bautismo, estamos llamados a sufrir por Cristo y con Cristo (y nunca solos).