- San TRIFÓN, mártir. En Frigia. (s. inc.).
- San SEVERO, obispo. En Rávena. (342).
- San PABLO, obispo. En Galia Vienense, Francia. (s. IV).
- Santa BRÍGIDA, abadesa. En Kildare, Irlanda. Fundó uno de los primeros monasterios de la isla y, según se cuenta, continuó el trabajo de evangelización iniciado por San Patricio. (525).
- San URSO, presbítero. En Aosta. (a. s. IX).
- San AGRIPANO, obispo y mártir. En Aquitania, Francia. A su regreso de Roma fue asesinado por unos paganos. (s. VII).
- San SIGEBERTO III, rey. En Metz. Fundó varios monasterios, y se distinguió por su liberalidad en hacer limosnas a las iglesias y a los pobres. (656).
- San RAIMUNDO, abad. En Castilla la Nueva. Fundador de la Orden de Calatrava, bajo la Regla del Císter. (1160).
- San JUAN, obispo. En Bretaña Menor. Varón de gran austeridad y justicia, que trasladó la sede episcopal desde Aleth a Saint-Malo. Obispo pobre, amigo de los pobres y amante de la pobreza. (1163).
- Beato REGINALDO de ORLEANS, presbítero. En París. De paso por Roma, conmovido por la predicación de Santo Domingo, entró en la Orden de Predicadores, donde atrajo a muchos con el ejemplo de sus virtudes y el ardor de su palabra. (1220).
- Santa VIRIDIANA, virgen. En la Toscana. Vivó recluida desde su juventud hasta su ancianidad. (1242).
- Beato ANDRÉS, presbítero. En el Lacio. Familia noble. Franciscano. Renunció a sus dignidades y prefirió servir a Cristo en humildad y simplicidad. (1302).
- Beatos CONOR O’DEVANY, obispo; y PATRICIO O’LOUGHAM, presbítero, y mártires. En Dublín. Ahorcados por ser católicos bajo el reinado de Jacobo I. (1612).
- San ENRIQUE MORSE, presbítero y mártir. En Londres. Jesuita. Apresado en diversas ocasiones y exiliado por dos veces, fue encarcelado en tiempo del rey Carlos I de nuevo, por ser sacerdote, y, después de haber celebrado misa en la cárcel, entregó su alma a Dios ahorcado en Tyburn. (1645).
- Beatas MARÍA ANA VAILLOT y 46 COMPAÑERAS, mártires. En Angers, Francia. Durante la Revolución Francesa. (1794).
- Santos PABLO HONG YONG-JU, catequista, JUAN YI MUN-U, laico, y BÁRBARA CHÒE YONG-I, laica, mártires. En Seúl. Todos decapitados por ser cristianos. (1840).
- Beato LUIS VARIARA, presbítero. Cúcuta, Colombia. Sociedad de San Francisco de Sales. Dedicó toda su vida en favor de los leprosos y fundó la Congregación de Hermanas Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y María. (1923).
Hoy recordamos especialmente a la Beata JUANA FRANCISCA de la VISITACIÓN MICHELOTTI
Murió a los 44 años exactamente, un día después de san Juan Bosco, el 1 de febrero de 1888. Se llamó antes de ser religiosa Ana Michelotti, nacida en Annecy, en la Alta Saboya, el 29 de agosto de 1843, de padre piamontés y madre saboyana. Fue la tercera de cuatro hermanos, huérfanos de padre en la niñez. La madre, viuda y reducida a gran pobreza, demostró un temple extraordinario en el sostenimiento de los hijos, sacando tiempo para visitar y atender a enfermos necesitados. El influjo en su hija Ana fue decisivo desde sus primeros años. Cuando visitaba enfermos la acompañaba, y en su corazón brotaba la compasión y el interés por los demás. Así, la vocación a la vida religiosa brotó en ella con la mayor espontaneidad, en ambiente de estrechez suma pero atenta a los que todavía sufrían más.
A los diecisiete años entró en el monasterio de las Hermanas de San Carlos, de Lyon, una congregación dedicada a la enseñanza, y muy pronto comprendió que su lugar no era aquél. La acogió en el mismo Lyon una señorita muy piadosa, y comenzó el apostolado entre los enfermos. Su madre falleció en 1864 y el único hermano que le quedaba, cuatro años después. A sus veinticinco años seguía viviendo de prestado en Lyon, sin hogar familiar de referencia: sola. En su camino se cruzó un alma inquieta, sor Catalina, ex novicia de las Hermanas de San José de Annecy. Ambas coincidieron en la idea de poner en marcha el proyecto que habían tenido san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal de fundar una congregación de hermanas para visitar y asistir a enfermos pobres. La gente comenzó a llamarlas «las dos señoritas de los pobres». Su casa se reducía a dos pequeñas habitaciones en una buhardilla, pero contaban con la bendición del arzobispo de Lyon, ante el que emitieron los votos el 29 de julio de 1869. Ana Michelotti asumió nuevos nombres de clara resonancia salesiana: Juana Francisca de Santa María de la Visitación. ¡Todo un programa!
En el camino de muchos santos hay trechos marcados por desconciertos y fracasos. No es del todo fácil de explicar la separación de las dos compañeras en 1870. Ana permaneció durante un tiempo en Annecy; luego halló cobijo junto a algunos familiares de la rama paterna en Almese, en el Piamonte, continuando su entrega a los enfermos, siempre dispuesta a obedecer. Respondió con prontitud, volviendo a Lyon, cuando se vio reclamada autoritariamente, y se encontró reducida a simple novicia, y sometida a grandes pruebas y humillaciones, ella que a todas luces era cofundadora. Retornó a Annecy, y la comunidad de Lyon, por cierto, no tardó en extinguirse. En Annecy, su ciudad natal, había para ella un sitio privilegiado de oración junto a la urna que guardaba las reliquias de S. Francisco de Sales. ¿Qué hacer? ¿Qué rumbo debía tomar la monja fracasada, ya llegada a los 28 años? Los santos permanecen siempre a la escucha y en su corazón a veces resuenan «palabras sustanciales», que dan fuerza para realizar lo que significan. Tales fueron las que oyó internamente con toda claridad: «Encamínate a Turín. Allí te quiere el Señor para que allí establezcas tu monasterio».
Hacia Turín se dirigió a finales de 1871 y allí se estableció definitivamente en 1873. Sus biógrafos hacen especial mención de dos personas de vida muy santa que le prestaron ayuda: el P. Félix Carpignano, del Oratorio de San Felipe Neri, y María Clotilde de Saboya. Buscó para su fundación una designación que denota humildad, devoción y amor: Piccole Serve del Sacro Cuore di Gesú, Siervecillas del Sagrado Corazón de Jesús, al servicio de enfermos pobres. Sólo eran tres para comenzar pero bastaron para que el cardenal Gastaldi, arzobispo de Turín, autorizase la obra en 1874, año en que las tres tomaron el hábito. El 2 de octubre de 1875 emitieron los votos de pobreza, castidad y obediencia. Sorprendentemente, el mismo cardenal que tan duro e incomprensivo se mostró con Don Bosco, cuando la obra de éste ya resultaba asombrosa, supo prestar su apoyo a una pobrecita mujer que echaba a andar de modo tan insignificante.
La dedicación a los enfermos pobres supuso sacrificios mayores de los imaginados. Varias de las poquitas monjas de los comienzos fallecieron víctimas del contagio. Pero pocos años después ya eran veinte. En 1880 pudieron abrir la segunda casa en Milán y en 1882 otra nueva en Valsalice, cerca de Turín, que se convirtió en casa-madre. Pronto siguieron otras fundaciones. La sombra benéfica de Don Bosco la acompañó en los momentos más difíciles. La consolidación y la expansión de una Congregación religiosa no es simple fruto de planificación y capacidad organizadora. Se requiere en los fundadores un carisma especial que suscite en otros el seguimiento, formándolos luego y sosteniéndolos con la enseñanza y el ejemplo. Beata Juana Francisca cifró su atención en el Corazón de Jesús que le inspiró la entrega sacrificada, abrazándose a la cruz.
Gravemente enferma, cesó como madre general de su congregación en enero de 1887. Falleció santamente el 1 de febrero del año siguiente.
