En la Epifanía (que celebramos de manera principal el 6 de enero, pero siempre ligada a otros momentos epifánicos como son el Bautismo y el milagro de las Bodas de Caná) y en el propio Bautismo del Señor prevalece el tema de la luz, unido a los orígenes evangélicos y paganos de esta fiesta de las “santas luces”.
La manifestación del Señor es gloriosa porque la gloria, de la cual es signo la estrella que guía a los Magos, se posa donde Cristo está presente y es adorado.
La gloria de Dios que envuelve como en una nube a Jerusalén en la profecía, ahora se posa finalmente en la casa de Belén, donde encuentran al Niño con María.
La luz revela a todos la realidad de Cristo que es “Luz de las gentes”.
La luz y la gloria evocan la fe; así viene expresado por los Magos que han buscado y encontrado. La fe se convierte en compromiso de vida para llegar a la contemplación de la gloria.
El tema de la luz está presente también en el Bautismo de Cristo en el Jordán; es el iluminado por la gloria del Padre y el “iluminador”, el que ofrece a los que le acogen la luz bautismal.
