Tertuliano, a inicios del siglo III, describe la beneficencia cristiana en Cartago, donde había una “caja común” para recoger las aportaciones voluntarias de los fieles, con las que sustentar: pobres, ancianos, niños huérfanos, hermanos encarcelados, condenados a trabajos forzados…
La caridad cristiana superó la prueba en época de bastantes catástrofes, como fue el siglo III.
Dionisio de Alejandría, a mediados del siglo III, nos relata que los cristianos cuidaron a los contagiados por una epidemia que se declaró en esta capital. Muchos cristianos murieron por contraer la propia epidemia al contacto físico con los enfermos. Mientras, multitud de paganos, huyeron de los familiares y amigos enfermos o difuntos, dejando los cadáveres a la vista.
San Cipriano, en el mismo Cartago, durante el siglo III, pidió a sus fieles que auxiliaran a la población ante una peste. Y así muchos casos más.
Al mismo tiempo, se experimentó la solidaridad entre las iglesias locales, siendo la romana la que se portó de un modo más que ejemplar.
El desarrollo de la caridad y de la asistencia en el seno de las comunidades cristianas consiguió que los paganos se admirasen, como refiere Tertuliano. También, el esfuerzo de dar sepultura a los pobres difuntos, práctica que llamaría la atención al emperador Juliano (pagano), que intentaría “repaganizar” el Imperio.
