La atención hospitalaria a los enfermos puede considerarse como otra aportación más del cristianismo, pues era inexistente en los antiguos imperios del Próximo Oriente, en Egipto, en Grecia, en Roma, donde sólo había ciertos hospitales para los soldados heridos, además de algunos casos aislados de patricios que contaban con “estaciones valetudinarias” para sus esclavos enfermos o ancianos, si bien lo habitual era abandonarlos en la isla Tiberina.
Ya desde los primeros tiempos del cristianismo, en atención a las curaciones que Jesús obró en enfermos, se comenzó a desarrollar esta vertiente de la caridad, encomendada sobre todo al obispo de cada diócesis y a los diáconos, vírgenes, viudas, como delegados suyos.
En cierta época existieron también las denominadas “diaconisas”, dedicadas a tareas benéficas de este tipo, pero darían paso definitivamente a las vírgenes y viudas.
Es a partir de la “paz constantiniana” cuando nos encontramos con una organización hospitalaria, gracias a las condiciones de estabilidad y de apoyo estatal de que gozó la Iglesia entonces. Parece haber sido Santa Elena, la madre de Constantino, la creadora de los primeros hospitales cristianos.
Su hijo erigiría uno en Constantinopla para acoger a los peregrinos que iban a Jerusalén.
Otro de los más antiguos e importantes fue el instaurado por San Efrén (373), en Edesa, que contó con 300 camas para apestados, de dejar de acoger además a los indigentes.
