La caridad cristiana se plasmó en un abanico de direcciones, cada vez más amplio, según las necesidades existentes. Dejando a un lado la asistencia hospitalaria, que ya se verá, merece la pena descubrir otras intervenciones.
San Basilio había aprendido de su abuela Macrina y de su familia el amor a los pobres, mostrando unas impresionantes cualidades de organización para las iniciativas asistencial en Cesarea y un celo infatigable para que quedasen siempre lo mejor cubiertas todas las necesidades.
Así se constató en un hambre terrible de 367, cuando reunió a los afectados, de todas las creencias, en un local donde se les socorría y él mismo participaba en esas tareas, padeciendo fiebre y con el rostro pálido, pero sonriendo, besando los pies de los acogidos y distribuyendo a la vez el alimento espiritual y el material.
Cuando se hizo monje, había dado todos sus bienes a los pobres, y al morir su madre vendió todas las posesiones para comprar barcos con provisiones en Egipto y Siria, con los cuales se pudiera poner remedio al hambre. Fue entonces cuando recurrió a la fuerza de su elocuencia y logró donativos de particulares, disponer de las rentas de la Iglesia y la colaboración de las autoridades civiles.
