Jesús, ante preguntas capciosas a cerca de su mesianidad, responde diciendo que nos fijemos en sus obras. Nunca se presenta afirmando su condición de Ungido (con aceite) en este contexto festivo que recordaba el milagro del aceite puro que no se acaba (2R 4). Sólo nos pide que nos fijemos en sus obras, que hablarán por sí mismas.
La dificultad para convencernos por medio de la observancia de sus gestos y signos proviene de nuestra falta de fe y de habernos colocado al margen de su rebaño, pensando que podemos adecuar la fe a nuestros intereses.
El “rebaño” de Jesús, que no se debe identificar con una masa amorfa que no sabe lo que quiere, está constituido, precisamente, por aquellos que se están identificando con este Cordero que sí sabe a dónde va. Por eso escuchamos, y por eso lo escuchamos. Es importante escuchar. Se escucha poco.
Jesús nos lleva a la Vida. Para llevarnos a la Vida nos ha de sacar de los ambientes “cerrados”, lo mismo que hace El al pasear por el pórtico de Salomón, fuera del ambiente cerrado de un templo que se ha quedado vacío de Dios. Jesús es Dios, y Jesús es el Nuevo Templo en donde habita Dios. Jesús nos lleva al Templo definitivo del Cielo.
Escuchemos, escuchemos con más fe sus Palabras, que están llenas de Espíritu y Vida.
