CRÓNICA (breve) DE DOS MOMENTOS HISTÓRICOS

by AdminObra

Año Jubilar Romano (ordinario) y estado de Sede Vacante en la Cátedra del sucesor de Pedro, e inicio del Cónclave que, en breve tiempo, eligió al Vicario de Cristo en la tierra al frente de su Iglesia. Damos gracias por todo ello.

Desde el lunes 5 de mayo hasta el sábado 10 de mayo, un grupo de feligreses de la Parroquia de Santiago de Cangas e Islas Cíes estuvimos como peregrinos en Roma para lucrar esas indulgencias plenarias que la Iglesia ofrece a todos sus hijos en ocasiones como ésta, ya que es la custodia y guardiana de todas las gracias que dimanan de los méritos de Jesucristo y de todos los Santos.

Con esperanza, palabra clave de este Jubileo Romano, acudimos sabiendo que podemos vivir de otra manera.

La conversión cotidiana, de la que habló el nuevo Pontífice León XIV en la Misa que celebró con el Colegio Cardenalicio en la Capilla Sixtina al día siguiente de su elección, es condición para poder vivir de otra manera; condición y efecto. Ése era nuestro deseo.

Todos los días hemos podido lucrar la indulgencia plenaria rezando las oraciones propuestas por la Iglesia en los distintos templos jubilares a los que hemos acudido para celebrar la Santa Misa, o para hacer un rato de oración ante el Señor, o para confesarse sacramentalmente.

Hemos celebrado la Santa Misa en San Lorenzo in Lucina, donde se custodia una sede papal; en San Camilo, de los mismos religiosos Camilos, que también están celebrando su propio año jubilar, los 450 años de la conversión de San Camilo; en San Giovanni Battista dei Fiorentini; en Santa María in Traspontina, justo al lado de la Vía Sacra que todos los peregrinos recorrimos de manera simbólica y penitencial hacia la Puerta Santa de San Pedro; en las Catacumbas de San Calixto, inmersas en la hermosa campiña romana; y, en Santa María, la Mayor, en la capilla Cesi, a unos metros de distancia de donde reposa el cuerpo sin vida de Francisco.

Hemos visitado, conocido, admirado las iglesias de Sant’Andrea delle Fratte, y las grandes Basílicas de San Pedro del Vaticano; San Juan de Letrán; Santa María, la Mayor; San Pablo de Extramuros; y las basílicas menores de San Esteban Extramuros, que custodia reliquias de este santo mártir, cercana a las Catacumbas de san Calixto; las basílicas de la Santa Cruz de Jerusalén, que custodia la mayor reliquia que se conserva del Lignum; la basílica de San Lorenzo de Extramuros, que guarda las reliquias de San Esteban, San Lorenzo, San Justino, y el cuerpo de Pío IX; y de Santa María in Trastevere, situada, como indica el nombre, más allá del Tíber, el río de Roma.

Hemos conocido la “Scala Santa”, 28 peldaños que trajo Santa Elena desde Jerusalén a Roma, y que estaban en el Pretorio, y que Jesús recorrió repetidas veces en las horas aciagas de su Pasión, y que los penitentes suben de rodillas; hemos rezado en la Plaza de San Pedro bajo la lluvia durante la Misa “pro eligendo Pontifice”; hemos recorrido la Via de la Conciliazione en varias ocasiones.

Hemos descubierto el Coliseum que para nosotros los cristianos fue ocasión de testimonio supremo de Jesucristo, Único Señor; y los Foros, en donde se desarrolló la vida política, administrativa, social, jurídica, religiosa de Roma con su basílica, templo, curia, senado, tesoro, comicios; y la Fontana di Trevi, una de las mayores fuentes del barroco de Italia, que no cansa el mirarla, ni escuchar el vertido constante de su agua; hemos estado en la Plaza de España, donde destaca la columna coronada con la imagen de la Inmaculada Concepción, y hemos estado sentados en la escalinata que da acceso a la misma, que son sus 138 escalones es una de las más anchas y largas de Europa; hemos estado paseando en Piazza Navona, que enamora en toda su amplitud.

Hemos recorrido los Museos Vaticanos, y queremos volver, porque se necesita una vida para disfrutarlos.

Nos hemos encontrado con un sinfín de rincones inesperados, por una parte, y buscados por otra, en nuestros ratos libres.

Hemos paseado de día y de noche. A pie, o en bus.

Hemos pisado Roma durante cinco días, y estamos agradecidos. A Roma hay que ir. Por tantos motivos imaginables. Pero un cristiano, un católico, tiene que viajar a Roma. Allí está la mente y el corazón de la Iglesia. Ir a Roma es aprender a amar a la Iglesia.

Nos cansamos; nos esforzamos; dormimos poco; nos perdimos; nos encontramos; en definitiva, vivimos, y vivimos esos días como fieles, feligreses, y peregrinos. Como amigos.

Hemos vuelto con el corazón limpio y en paz. Estamos de nuevo en casa con un sinfín de recuerdos e impresiones imperecederas. Hemos visto fumata negra y fumata blanca. Hemos visto al Santo Padre, y lo hemos escuchado. Hemos participado de la alegría y de la esperanza de toda la Iglesia. Hemos rezado por el Papa León. Hemos conocido a muchos católicos llegados desde todos los confines. Hemos visto el amor hacia la figura del Papa y hacia la Iglesia. Dios nos concedió verlo y estar allí, en aquel preciso momento.

Repito, por todo esto y mucho más, agradecidos siempre.

 

Y un recuerdo a nuestros guías de viaje: Daniel, Gonzalo, Nina.