`l.Leovigildo subió al trono en el 573 d.C. Consolidó su poder y aseguró y ensanchó sus fronteras con una continua actividad bélica con sus vecinos, suevos, francos y bizantinos. También afrontó rebeliones internas, en las que no le temblaría el pulso para castigarlas con dureza.
Leovigildo asoció al gobierno del reino a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, destinados a que alguno le sucediera en el trono. Con esta vinculación pretendía crear una dinastía estable que se impusiera por encima de las facciones aristocráticas que, durante siglos, habían gobernado el Regnum Gothorum.
Los visigodos profesaban la religión de Arrio, hereje de Alejandría, condenado por la Iglesia Católica en el año 325 que negaba la divinidad de Jesucristo y la naturaleza de la Trinidad. Pero no trataron de imponer el arrianismo, respetaron el cristianismo católico, que profesaban también parte de los suyos, e interfirieron poco en las actividades de su Iglesia, auténtico poder hispanorromano.
Leovigildo había contraído matrimonio en segundas nupcias, con la viuda del rey Atanagildo, Godsuinta, de quien algún cronista nos dice que era «tuerta de cuerpo y alma». Una de las hijas del primer matrimonio de Godsuinta, Gelesuinta había sido asesinada por su marido, el rey franco Luilperico de Rouen que era católico.
Aunque tenía otra hija, Brunegilda, felizmente casada con otro rey católico, el franco Sigiberto de Reims, el odio al catolicismo se convirtió en el leit motiv de Godsuinta.
Matrimonio de Hermenegildo y la católica Ingundis
El año 579 la propia Godsuinta propiciaba el enlace de su nieta la princesa Ingundis con el primogénito Hermenegildo. El enlace, como todos los de la realeza tenía un fin político y territorial: estabilizar las convulsas relaciones del reino visigodo con sus vecinos del norte y a la vez estrechar los vínculos entre los herederos de clanes.
Pero Ingundis era católica y la familia y la corte real eran arrianos. Godsuinta intentó primero suavemente y después con amenazas que su nieta renunciase al catolicismo y recibiera el bautismo arriano. Pero ella, permaneció inamovible en sus convicciones, lo que desencadenó la furia de la abuela que llegó a torturar a la joven.
Esto generó grandes tensiones en Toledo, capital de los visigodos entre padre-hijo-esposa y madrastra y pronto trascendieron al pueblo integrado en su mayoría por hispanorromanos católicos, lo que hizo que la joven católica ganase su simpatía.
Leovigildo había dejado claro la predilección por su segundo hijo, Recaredo, a quien incluso había dedicado una ciudad: Recópolis. Y dadas las circunstancias planteó la conveniencia de que el matrimonio se trasladase a la Bética como representante real. Era un puesto de responsabilidad, al ser una región frontera con los bizantinos de la península, protagonistas durante reinados anteriores de diversas rebeliones.
Leovigildo, de gran inteligencia, era consciente de que el mayor obstáculo para la fusión total de godos e hispanorromanos era el profesar distinta religión y proyectó imponer el arrianismo a todos sus súbditos. Y, coincidiendo con el alejamiento de Hermenegildo e Ingundis, convoca un concilio de obispos arrianos. En él se decide facilitar la conversión de los católicos al arrianismo.
Leovigildo, espoleado por la reina, procedió a la persecución a los católicos, destierros, expropiaciones, torturas y encarcelamientos. Cesó el culto en iglesias católicas que se destinaron al culto arriano. Algunos prelados, como Masona de Mérida, no se intimidaron ante las amenazas y fue depuesto. También abandonaron sus diócesis prelados muy destacados como Leandro de Sevilla o Fulgencio de Écija.
Instalado Hermenegildo en Sevilla como gobernador de la Bética, cuentan las fuentes que durante unos años encontró la paz doméstica y espiritual e Ingundis daría a luz su único heredero de nombre Atanagildo.
Su presencia en la Bética coincidiría con la llegada al obispado de san Leandro, toda una autoridad intelectual y primogénito de cuatro santos hermanos (san Leandro, san Fulgencio, santa Florentina y san Isidoro) que fueron prohombres de la época.
El trato continuado de Hermenegildo con el obispo y la labor de Ingundis, hicieron que el príncipe acabara abrazando la doctrina cristiana, abjurase del arrianismo y se bautizase con el nombre de Juan.
La conversión de Hermenegildo provocó la ira de Leovigildo, y la cólera anticatólica de Godsuinta y su círculo de arrianos. Con el deseo de atajar las posibles consecuencias procatólicas de la noticia se recrudeció la persecución.
En la Bética, la conversión de Hermenegildo actuó como catalizador de una resistencia que se agrupó en torno a su príncipe y le tocó afrontar una situación muy crítica. Por un lado, debía fidelidad al monarca, su padre, y por otro le pesaba en su conciencia católica que su nuevo pueblo, integrado en su mayoría por católicos, estaba siendo perseguido por su fe.
Resistencia y Reinado de Hermenegildo
San Leandro pronto se trasladaba a Bizancio para convencer al emperador Mauricio de que ayudase a Hermenegildo y regresó consiguiéndolo. Se fueron sumando al partido bético otras ciudades de la Lusitania, llegaron las promesas de apoyo de los suevos de Galicia, y esperanzas por parte de los francos.
El príncipe amparado por su fuerza moral y sus nuevas fuerzas militares se proclamaba rey en Sevilla en el invierno de 579. Fue aclamado por el clero católico con el grito Regi Deo vita («que Dios conceda vida al rey»), frase que quiso acuñar en inscripciones y monedas, siendo la primera vez en que un monarca utilizaba una leyenda de tipo religioso.
Leovigildo, en principio apostó por la negociación hasta que decidió actuar con contundencia ante la rebelión de su hijo y poner fin a la insumisión. Mérida y Cáceres ciudades partidarias de Hermenegildo, fueron tomadas por la fuerza, y sobornó al general bizantino, que iba a ayudar a Hermenegildo. El nuevo rey católico se quedaba solo y aislado, sin más contingentes militares que los de su provincia, que cada día iba perdiendo territorios. Dados los acontecimientos, puso a salvo a su esposa e hijo enviándolos a Bizancio, aunque Ingundis, fallecería por el camino y su pequeño hijo sería tomado como rehén.
Hermenegildo se fue amparando en las fortalezas y castillos con sus tropas, pero uno tras otro fueron conquistados. Tras la toma de Itálica, Leovigildo acometía el ataque definitivo a Sevilla, la capital de su hijo. Desde el otro lado del Guadalquivir, estrechó su cerco y llegó a bloquear la navegación por el río e incluso desviar su curso para que no llegasen suministros.
El asedio conllevó la hambruna y, aunque la muy católica ciudad de Sevilla resistió dos años, caería en manos de Leovigildo. Osset (san Juan de Aznalfarache) sería el último reducto de resistencia donde un grupo de 300 valerosos suevos enviados por el rey gallego Miro combatieron con Hermenegildo.
Ya tomada Sevilla, huyó a Córdoba. Allí se presentó su hermano Recaredo diciéndole que, si se postraba ante su padre, le perdonaría la vida. Pero era una trampa, porque así lo hizo y fue hecho prisionero. Lo trasladaron a Sevilla con grilletes y encerrado en la torre donde hoy una iglesia lleva su nombre. Ante el temor a tumultos, se le trasladó a Toledo y luego a Valencia, y de ahí a Tarragona, lejos de sus adeptos que podrían liberarle.
En la prisión fue torturado para que abjurase del catolicismo, pero esto no hizo que flaqueara su profunda fe. Y al negarse a recibir la comunión de manos de un obispo arriano, en el 585 sería asesinado en el propio calabozo en el que el visigodo Sisberto cortaría su cabeza con un hacha. La noche de su ejecución se manifestaba un aparato celestial. Gregorio de Tours recuerda el canto de salmodia que se oyó junto al cuerpo del mártir y unas lámparas que se encendían y apagaban de forma misteriosa.
El sacrificio de Hermenegildo tuvo en seguida un triunfo inesperado. Y es que el supuesto parricida, Leovigildo, torturado mentalmente por lo ocurrido, tras siete días de penitencia se arrepentía, acometía su conversión in extremis, y reconocía como verdadera la fe católica. Fallecía en el año 585 e instigó a Recaredo a que se convirtiera al catolicismo y dejó a san Leandro como guía espiritual del futuro monarca para que guiase sus pasos.
Recaredo abrazó inmediatamente el catolicismo, y en 589, cuando tan sólo habían pasado cuatro años desde el martirio de Hermenegildo, el pueblo visigodo abjuraba del arrianismo, y la religión católica se convertía en oficial. La decisiva actuación de Hermenegildo había sido crucial para ello. Su sangre no había sido derramada en vano.
