Ayer, 25 de marzo, se cumplieron 30 años de la publicación de la Encíclica “Evangelium vitae” firmada por Juan Pablo II en aquel entonces. Coincidió su puesta en escena con la solemnidad de la Encarnación del Verbo en las entrañas de la Virgen María.
Juan Pablo II la consideró una gran meditación sobre la vida, considerada en la plenitud de sus dimensiones naturales y sobrenaturales.
La Encíclica consta de una “Introducción” y cuatro “Capítulos”, en los que, después de una amplia enumeración de las actuales amenazas que sufre la vida (cap. 1), el Papa se extiende en una profunda reflexión bíblica sobre el valor de la vida humana (cap. 2) y, a la luz del mandato bíblico “no matarás”, enjuicia el aborto y la eutanasia (cap. 3).
La Encíclica incluye una llamada insistente a que se inicie una cultura nueva que proclame la grandeza de la vida humana (cap. 4).
La “Conclusión” es una meditación sobre María, que ha dado a luz al Autor de la vida.
Esta Encíclica era el resultado de una precedente y abundante publicación de documentos magisteriales sobre el tema de la vida, y la solicitud de los Cardenales que ratificase con un Documento Solemne el “Consistorio Extraordinario de Cardenales” sobre este tema en el año 1991. Así pues, la Encíclica es la respuesta del Papa a esta petición.
Juan Pablo II subrayaba la importancia de la Encíclica poniéndola al nivel de la “Rerum novarum” de León XIII (1891) que salió al paso de los delitos que se cometían contra los derechos “sacrosantos de la persona del trabajador”.
El Papa terminaba la redacción de la misma invitando a una gran campaña de oración en un momento, aquél, de gran defensa de las leyes del aborto y de la eutanasia, con el apoyo de muchísimos medios materiales y de comunicación.
Es, pues, ocasión para releerla y volver a recuperar el grito en favor de la “cultura de la vida” que lanzó en aquel entonces Juan Pablo II, máxime cuando la realidad de la “cultura de la muerte” ha alcanzado un desarrollo inimaginable hace 30 años y con una aprobación social tal que incluye a gran parte de los considerados “católicos practicantes”.
Declaración tan solemne en favor del don de la vida, parece, no ha servido absolutamente para nada. Sin embargo, la razón o la verdad pocas veces va unido con la mayoría social.
