La revelación más formal y más explícita de la Encarnación está en el Prólogo de San Juan “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14).
Pero en el AT se habla del Mesías futuro como de un personaje humano y divino al mismo tiempo, que sería nacido de mujer (Gn 3, 15), pero también Hijo de Dios (Sal 2, 7; 109); que será un niño concebido por una Virgen (Is 7, 14), pero también el Dios fuerte (Is 9, 6); que serán el Siervo fiel de Dios, que salvará a los hombres con sus sufrimientos y su inmolación (Is 53); será el Hijo del hombre que reinará por toda la eternidad (Dn 7, 13-14).
De las fuentes de la Revelación escrita aparece un solo Cristo, Dios Hombre, no un Hombre y un Dios. Desde los inicios de la Iglesia su tradición viva se apoderó de esta verdad fundamental y la expresó en el Símbolo: “Creo en Dios Padre… y en el Hijo Unigénito… que bajó del cielo y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen y se hizo Hombre”.
Esta profesión de fe no permite pensar en un Cristo “desdoblado” a pesar de su constitución humano-divina, “teándrica”. Todo el misterio de Jesucristo está aquí, en este Verbo hecho carne, que, única persona, subsiste y vive en dos naturalezas y por lo tanto en dos mundos.
