La Cuaresma tiene que suponer un tiempo en el que demos, sustentados por la Gracia, pasos audaces en nuestra perfección cristiana y que, además, echen raíz en nuestra alma de modo que definan nuestro modo de vivir, es decir, nuestra moral. La Cuaresma tiene que ser para construir.
La perfección a la que estamos llamados no se debe confundir con el vicio del “perfeccionismo”. La perfección a la que estamos llamados se identifica con la Santidad. Dios nos quiere santos, no meramente buenos. ¿Buenos para quién? Pero Santos para Dios.
Esa santidad, esa perfección, se descubre en la unión íntima con Cristo. Esa unión, enseña el Catecismo, se llama “mística”, pues nos hace participar del “Misterio” de Cristo, Dios y hombre verdadero. Esa unión se mantiene y refuerza gracias a los Sacramentos.
La perfección pasa por la Cruz, recuerda el Catecismo. No hay santidad (perfección) sin renuncia y sin combate. La Cuaresma es combate diario que nos recuerda que la vida del cristiano está siempre en lid. El progreso espiritual, esto es, nuestra unión con el Misterio del Dios y hombre verdadero, y desde El, con el Misterio Trinitario, implica la ascesis y la mortificación que nos llevan a vivir en paz y en gozo.
En Cuaresma recuperemos el gusto por el combate espiritual y por la vida ascética que nos hará “ingresar” en la verdadera mística cristiana. Planteemos nuestra existencia como un combate que agradará a Dios. Los efectos, ya están dichos, paz y gozo.
