Aparte de las persecuciones locales encabezadas por las autoridades del Templo, o por personajes paganos, o por judíos de la Diáspora, los cristianos padecieron las ideadas por el poder de Roma desde el año 60 hasta el “Edicto de Milán”, en 313.
Los cristianos mantuvieron las actividades caritativas que ya desempeñaban, pero las aumentarían y comenzarían otras nuevas.
Ante la presión ejercida sobre ellos, los vínculos de amor se soldaron y eso permitió consolidar la universalidad de la Iglesia.
Los cristianos se presentaban así mismos como ciudadanos ejemplares que pagan sus impuestos y que no alborotaban, salvo en aquello que considerasen un craso atentado a la Verdad, tal como era el “culto” al emperador o al Panteón.
Así, pues, algunas de las líneas de la acción caritativa en los tiempos de persecución fue la atención prestada a los encarcelados, pues eran visitados; proveer de alimento a los mismos; asistirlos espiritualmente; portar el Viático.
En los domingos, se realizaban las colectas para ayudar a los necesitados, como dicta San Justino (165): el obispo, o el presbítero, lo redistribuía entre los huérfanos, viudas, enfermos, indigentes, encarcelados, extranjeros.
Desde el siglo II, las comunidades disponían de dos clases de ingresos:
- Aportaciones en dinero
- Aportaciones en especie recogidas por los diáconos.
En el siglo III se comenzó a aplicar la norma judía de diezmos y primicias, pero ante las emergencias aumentaban las donaciones.
La “Didascalia” (obra importante de la literatura siriaca de la época patrística en el siglo III) refleja también la actividad caritativa de los diáconos.
